viernes, noviembre 27, 2009

¿Qué hacen con esos días?

Ojeo los periódicos por encima y me desaliento. Zapeo por las cadenas de televisión y me asaltan las arcadas. Paseo hasta mi trabajo y me llama la atención unos carteles que publicitan The Obama Deception, una peli fanzinera que trata de desmontar la esperanza encarnada en el nuevo líder negro -o café con leche- debido a su supuesta sumisión al New World Order y al Grupo Bilderberg, lobbys a cada cual más siniestro. Menos mal que ayer me fui a la cama con una frase metida en la cabeza:

“Este es el tiempo que nos queda.
Nosotros tenemos la capacidad de cambiar más cosas en un día en la Casa Blanca que en toda nuestra vida desde que salgamos de ella. ¿Qué hacemos con estos días?”
Leo McGarry, ex-jefe de gabinete de la Casa Blanca en la serie The West Wing.

Pero como este es un rincón de ji-ji-ja-ja, quitemos un poco de hierro al asunto y, a expensas de la herejía que supondrá para los fans de la serie -entre los que me encuentro-, podemos ver esta divertida parodia de pasillos y discursos. Me encanta Toby, mi favorito.

jueves, noviembre 26, 2009

Dios bendiga a América

Vaya dos títulos que llevamos. No se apuren, seguimos siendo un blog rigurosamente laico, pero... En fin, los fulanos que se colaron en la Casa Blanca. Lo dicho, ¡God bless America!

martes, noviembre 24, 2009

Alabado sea el Señor

Antes de que incluya una reseña de mi última escapada otoñal, con el Maestrazgo como paisaje protagonista, quiero destacar algo que se me ha ido pasando y que tenía en el tintero desde hace tiempo. Se trata de la distinción que la revista Wallpaper hizo el año pasado de la parroquia de Santa Mónica, en Rivas Vaciamadrid, como "mejor diseño de iglesia 2008". Sí, ya ha llovido, lo sé. Pero el recordatorio ha surgido ojeando las páginas del nuevo número de Arquitectura y Diseño. El caso es que nunca es tarde para alabar esta obra de Ignacio Vicens y José Antonio Ramos protagonizada por el acero cortén y por su rupturista diseño geométrico. Un enorme contenedor mutante y oxidado más propio de un territorio post-apocalíptico que de un barrio residencial de chalés con piscina. Así es Rivas, un lugar cuanto menos curioso, un municipio poco católico que encierra el oficio en un monstruo de Mad Max.

martes, noviembre 17, 2009

Aquellos maravillosos thrillers

Cuando nos da por una cosa no la soltamos. Seguimos con el cine, concretamente con uno de los géneros que peor se está comportando los últimos años: el thriller. Pertenezco a una generación que mamó la década de los ochenta de una manera casi literal. Digamos que nos amamantó y que sigue siendo una fuente inagotable de recuerdos sublimados y fetichismo nostálgico. En aquel contexto, lejos de ser carne de videoclub, tuve la suerte de ser “obligado” a acompañar a las salas con más solera de Madrid, fin de semana tras fin de semana, a mis queridos progenitores, más que meros aficionados y que no siempre basaban su criterio de selección de películas en la impresionable mente de un tierno mozalbete. Nada más lejos de la realidad. Durante mis años de infancia, me dio tiempo a quedarme petrificado en mi butaca ante el vello púbico de Nastassja Kinski en El beso de la pantera o ante el de Debra Winger en El cielo protector, por poner una horquilla de apertura y cierre de década. Aquellas dos escenas forman parte de mi aprendizaje. Entre ambas películas –sin demasiada relación con el género que nos ocupa, por cierto-, se agolpan en mi memoria un sinfín de títulos a los que tengo un singular cariño y que, todos ellos, debido a la especial devoción paterna por lo escabroso y el “suspens” –acuérdense que hay una buena parte de la sociedad que todavía sigue llamando “restorant” al restaurante por una mala influencia francesa- tenían como nexo de unión la temática policíaca, judicial o, incluso, de susto. Todas las vi en pantalla grande.
El caso es que me he acordado de ellas, y de aquellas jornadas de cine de sábado por la tarde en el Cid Campeador, en el Carlos III, en el Luchana, o en las salas de la Gran Vía, al recuperar algunas últimamente en la tele. Mi conclusión es que ya no se hacen películas como aquellas, ni las buenas ni tampoco las malas. ¿Las recuerdan? No hace tanto de las hombreras y las corbatas a la moda de los yuppies de Wall Street.

Una pequeña selección:
El sendero de la traición (Betrayed, 1988) y La caja de música (1989), de Costa-Gavras, películas impactantes sin llegar a la hondura de Desaparecido, algo más que un thriller, una conmovedora historia de podredumbre humana, con un Jack Lemmon gigante. Por encima del resto de intérpretes, en la primera Debra Winger (otra vez ella) y, en la segunda, Jessica Lange. Aunque nunca olvidaré al nazi bastardo Mike Laszlo disfrazado de angelical abuelito con rostro de Armin Mueller-Stahl, ni por supuesto, el sonido espeluznante de aquella cajita de música.
Al filo de la sospecha (1985), con un buen duelo interpretativo entre Glenn Close y Jeff Bridges, aunque los secundarios son estupendos. La máquina de escribir, la máquina de escribir…


Veredicto final (1982), una de las grandes pelis del maestro Sidney Lumet, con un tremendo Paul Newman alcoholizado.



Sospechoso (1987). Otra mujer abogado, Cher, y un pipiolo Dennis Quaid acompañan a Liam Neeson en uno de sus primeros papeles reseñables.



Peligrosamente juntos (1986), una delicia de comedia policíaca donde, qué raro, destacan los ojazos de Debra Winger.


Falso testigo (The Bedroom Window, 1987). ¡Para qué una traducción medianamente literal cuando podemos llamarla como todas las películas de la época, incluyendo dos de las palabras más de moda del momento! Nada del otro jueves. Aunque salía Isabelle Huppert, el que partía el bacalao era la estrella ochentena Steve Guttenberg.
Único testigo (1985). Película referencia de la década, con la estrellaza Harrison Ford seduciendo a mi querida, aunque amish, Kelly McGillis.

La sombra del testigo (1987). Otro producto de la época, con su título adaptado para la ocasión, su director de éxito y sus estrellitas deslumbrantes del momento: Tom Berenger, Mimi Rogers y Lorraine Bracco. ¡Vaya trío!

Presunto inocente (1990). Aunque es del noventa, pertenece con justicia a la década anterior. Otra vez Harrison. Una rubia de impresión y una gran escena tórrida. El martillo, el maldito martillo…

Testigo accidental (Narrow Margin, 1990). No podía faltar Gene Hackman, un especialista en estas lides de la tensión argumental, en este caso con un remake de un clásico de la RKO y junto a otra prota de los ochenta, Anne Archer. Ritmo endiablado, estrés, un medioabuelo en un papel de acción. Adictiva.
Sin salida (1987). Un icono de los ochenta, con un Kevin Costner en lo más alto, un Gene Hackman de mucho miedo y una Sean Young más sexy que nunca.

FX, efectos mortales, (1986). Un poco más gore que el resto, es también un clásico del cine de intriga y del FBI de la época. Destaca el siempre inquietante Brian Dennehy, uno de los secundarios más brillantes de esos años.


Por último, el juego de los títulos alternativos: falso inocente, presunto testigo, único sospechoso, presunta sombra, falsa traición, culpable único, inocente mortal, sin presunto, sombra accidental, testigo sospechoso, sospechoso sospechoso,…

martes, noviembre 10, 2009

Los cómicos

Seguimos con él. Con López Vázquez. Este fin de semana, como homenaje, hemos querido repetir el ritual del otro día y pegarnos un buen atracón de cine ibérico del bueno. De primer plato, El pisito. De segundo, Un millón en la basura. Ambas películas, de Ferreri y Forqué respectivamente, destilan todo aquello que hizo de José Luis López Vázquez un actor versátil e icónico, un rey de la tragicomedia. Tanto en el neorrealismo de finales de los cincuenta como en la comedia costumbrista y sesentera de inocente moraleja y ambientación navideña, López Vázquez se movía con maestría, con su cara de español. Como bien escribió Carlos Boyero, “hay actores que podrían ser de cualquier parte, pero Alberto Sordi solo puede ser italiano, Jean Gabin francés, Wayne norteamericano, López Vázquez español.” El pase doble es uno de tantos que podría repetir sin cansarme, no sólo con López Vázquez como estrella invitada sino con unos cuantos actores y actrices de la España en blanco y negro que de vez en cuando conviene desempolvar aunque sea como mero ejercicio de arqueología. Precisamente, Elvira Lindo titulaba a su columna de este domingo en El País El reparto de mi vida para rendir su particular tributo a toda esa gente que durante décadas y generaciones ha formado parte de nuestra fauna más cercana y familiar, los rostros de nuestros vecinos, de nuestras tías, de la portera, de la chacha. Protagonistas y secundarias, en películas malas, pasables o maestras, las caras y voces que formaron parte de esa colección irrepetible pertenecen al patrimonio cultural de un país. Unos arrastraban el inmenso bagaje acumulado durante el rico periodo de la República, otros se tuvieron que conformar con arrastrarse sin más en los fríos y grises años de la posguerra. Cada cual con su historia, su propia verdad, todos ellos con la intención de trabajar en un oficio que siendo tan digno como el de ahora, no se exponía a las mismas candilejas ni a las mismas tentaciones. Eran otros tiempos, mucho peores por supuesto, pero en los que sencillez, experiencia e ingenio eran conceptos menos ignotos que en los actuales días de intérpretes imberbes flasheados como ídolos de masas. Qué sí, que hubo un niño ruiseñor y algún engendro más de la España del caudillo, pero hablo de comparar aquellos cómicos con el reparto de ahora, incapaz de sostener a los más sabios que en seguida han sido arrinconados por el sistema. Total, puestos a ser nostálgicos, ¿cuál sería el reparto de vuestra vida? No vale poner a otro abuelo que no sea Pepe Isbert.

martes, noviembre 03, 2009

La insignificancia de un gigante

Hay qué ver. Tumbados en el sofá un sábado por la tarde cualquiera, aparece en la tele el rostro de José Luis López Vázquez. Se canta una jota con su tonillo de siempre. Es una peli entre tantas del (sub)desarrollismo español, una mierdaza enlatada que, sin embargo, tiene algo de poder hipnótico gracias a la presencia de alguna criatura diferente, tan distinta como la que, a pesar de todo, se esconde tras la aparente insignificancia de un tipo calvo y con bigote, clon de millones de españolitos grises, reprimidos, salaos, buenos, del montón. Mi chica me pregunta: “¿este hombre sigue vivo?”. “Creo qué sí”, respondo yo medio convencido de que, aunque nos acostumbramos a la pérdida de tantos y tantos, un tachón como el de López Vázquez quedaría en la memoria. Efectivamente, seguía vivo. Dos días después, moría plácidamente. Qué cosas.
Ayer, la misma chica que se quedó helada con la noticia, y con su macabro presagio, se dolía de la pena que supone que gente así no disfrute en vida de las bonitas adulaciones que suelen darse cuando desaparecen. Es cierto, pero también lo es que un tipo como López Vázquez –dos apellidos que juntos suenan a gloria bendita- forma parte de tu paisaje habitual que, aunque haya estado discretamente retirado en camerinos durante un tiempo, nos parece que sigue ahí, al otro lado de la esquina o del mando a distancia. Aquel ser insignificante de esa película mediocre era un genio, un gigante.

miércoles, octubre 28, 2009

Para gustos, los colores… dorados

Hubo un tiempo en que el Imperio Otomano, aunque bruto y enemistado con los moñas andalusíes que representaban el ala más aceitosa de los árabes, era sinónimo de placeres y hedonismo. El buen gusto turco es hoy una cosa muy discutible, pero en nuestro reciente viaje a la antigua Costantinopla hemos comprobado que, a pesar de que hay un buen puñado de hotelitos pequeños, modestos y contenidos, hay muchos otros más que desbarran en el falso oropel y en la frikada infumable. Uno de esos ejemplos es el hotel Celal Aga Konagi, que ya de por sí tiene tela el nombre. Ubicado en una avenida principal como Sehzadebası, este hotel es uno de los adefesios más deliciosos de cuantos he visto en mi vida viajera y hotelística. Disfruten conmigo de tan imposible combinación de elementos ornamentales: butacas envueltas en papel de regalo dorado, fuentes de piedra en mitad del hall, lámparas con forma de tuerca –dorada, claro está-, colores ácidos sin ton ni son, los murales más espantosos que ni en un restaurante chino de la periferia sevillana se puedan encontrar, y, mi preferido, un buen cisne de porcelana sobre el mostrador de recepción. Con dos pelotoncios, sí señor. Claro, que en cualquier restaurante de cierto caché de la ciudad te puedes encontrar fácilmente un grifo de cerveza esculpido en forma de saxofón. Ellos son así. Les gustan estas cosas.
De las habitaciones, poco que decir, decepcionantes por no albergar ningún osado esfuerzo por herir la retina. Cuánta vulgaridad.



martes, octubre 27, 2009

En el centro del mundo

Ya estamos de vuelta. Merhaba a todos. Cuando contemplo con ansiedad el resultado del nuevo icono hotelero de la Ciudad Condal, el W Barcelona -de la filial de lujo adscrita a la cadena Starwood-, recién inaugurado y objeto de polémica por su impactante volumen al borde del mar, recuerdo una de las cosas que se me han quedado en el tintero de nuestro reciente viaje a Estambul: precisamente visitar el ejemplar de esta cadena en la ciudad otomana. Aunque nada que ver con el epatante diseño en forma de vela obra de Ricardo Bofill exhibido en Barcelona, siempre es un aliciente sumergirse en uno de estos hoteles. Su situación en un barrio residencial, alejado del barullo, de los bazares, del centro histórico, nos hizo imposible su visita. Otra vez será.
Para recrear nuestra memoria quedan los paseos por Balat, los niños correteando por las empinadas cuestas, la visión desde Asia del cielo encendido sobre Europa, los minaretes recortados por el sol, el atardecer desde la Torre Gálata, el olor a pescado del barrio armenio de pescadores de Kumkapi, la neblina nocturna como sacada del Londres antiguo de las calles desiertas de la zona de la Universidad, los hotelitos boutique de la parte baja de Sultanahmet, las chicas con pañuelos en la cabeza y Converse All Stars, mi cuerpo serrano tomando forma de kebab...

Como se lee: Hotel Martínez. Esto también es Estambul.

Cine turco de amor y sentimientos

domingo, octubre 18, 2009

Ay, Madrid, Madrid



Lloyd's: hileras de ascensores panorámicos y módulos de lavabos


Ejecutivos en la City

Un caballero ondea frente a mi parabrisas una enorme bandera valenciana. Un autobús pro-vida casi me tritura a su paso ciego en retirada tras ejercer militancia en la manifa. Mi no entender nada. Sábado por la tarde en el centro de Madrid y a duras penas consigo hacer acto de presencia en el último día de la exposición dedicada a la obra del arquitecto Richard Rogers, en el CaixaForum. El último humanista, como se le ha llegado a calificar, ha disfrutado de una muestra colorista, pedagógica y luminosa, como su trabajo. Bajo la ecuación de LUZ+VISTAS, el arquitecto británico amigo de Foster y Renzo, y seguidor de Frank Lloyd Wright, se autodefine como arquitecto del jazz, en oposición a Palladio que no era sino “música congelada”, por entender la arquitectura como algo abierto a la evolución, sin limitaciones. La flexibilidad destinada a que en el futuro las cosas puedan ser cambiadas de manera natural. Fanático de la sostenibilidad del diseño, sus edificios forman parte de la renovada cara de Londres, mientras para España ha legado desde la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas a las bodegas Protos. Fábricas, viviendas prefabricadas, centros culturales, estaciones de transporte, algún hotel. Cualquier proyecto es susceptible de servir a la ciudad, de mejorarla sin tener que alterar con petulancia su esencia. Además, como ha pasado en Roma, una iglesia puede ser la mejor discoteca. Sin limitaciones, como hemos dicho.
Por otra parte, se agradecen los postulados que rigen su dinámico estudio: ser solidario con el entorno y el medio ambiente, no aceptar encargos destinados a fines bélicos, ceder parte de sus beneficios a causas benéficas, división equitativa y transparente de los dividendos… Y al tajo en bicicleta, que el mismo autor del Pompidou ejemplifica. Así da gusto trabajar. Con gente como Rogers (y, lo siento, no puedo reprimirme, con gente como Woody Allen en cuya última película se escuchan descargas como: “Dios era un decorador gay”) no está todo perdido. Un repaso a la columna de Javier Marías en El País (“si tanto desean unos Juegos Olímpicos, prueben a hacer lo que nunca han hecho, y tal vez tengan suerte a la próxima: dejen la ciudad en paz, déjenla vivir, respirar, estar limpia, trabajar, descansar. Acaben con su estrépito, cierren todos sus boquetes de una vez, quiten de en medio los martillos neumáticos y las tuneladoras, y entonces quién sabe.”) y el domingo se hace más llevadero.
Hasta mi vuelta de Estambul, amiguitos.



La T4 de Barajas

jueves, octubre 08, 2009

Semana de la Arquitectura: 3ª y 4ª jornada

Seguimos ruta dentro de la Semana de la Arquitectura. Si bien cerramos la segunda jornada asistiendo a la proyección del documental Apuntes de Frank Gehry, ayer nos tuvimos que conformar con jurar en arameo tras el plantón sufrido, en nuestra propia casa (¡en Moratalaz!), por parte de la organización al suspender la visita al edificio de las viviendas del Ruedo. Errores garrafales producto de la improvisación aparte, como también el de incluir en el programa visitas a edificios que logísticamente son imposibles de ser visitados (error este que podían haber subsanado desde el año pasado, pero que no, no aprenden), iniciamos la cuarta jornada, dedicada a la accesibilidad a los espacios de uso público, acudiendo a la cita con varios hoteles de la cadena Confortel, ejemplos de cómo integrar elementos que permiten la accesibilidad completa a personas con discapacidad sin por ello restar un ápice de diseño colorista y confortable. Al contrario, logran que el diseño esté vinculado directamente a las medidas impuestas para esa total adaptabilidad, haciendo a su vez que el huésped no se sienta en un hospital camuflado sino en un hotel vanguardista. Por último, cerraremos la jornada con una visita a la famosa Caja Mágica, una pieza casi convertida en reliquia por lo que se empieza a augurar como un desaprovechamiento manifiesto producto del fiasco olímpico y de la negativa también de los tenistas a que Madrid sea sede de eliminatorias de Copa Davis.



Repámpanos estuvo allí, en el Ruedo moratalazí. ¿Será que no se atreven los del ayuntamiento a que los pipiolos estudiantes de arquitectura, encargados de guiar al personal, se internen en semejante espacio marginal ante la amenaza gitana, la tensión del ambiente y las miradas desafiantes de niños de cinco años?




Más allá del valor de la peli del maestro Sydney Pollack, en sí misma por ser la última del director antes de morir y en su esencia por acercarse con ingenuidad a la trayectoria de su amigo Frank Gehry, y que sobre todo resulta interesante por la expresividad de los materiales utilizados por el arquitecto, por el nostálgico poder de las manos a la hora de pergeñar ideas, por el axioma que identifica como pecado cualquier forma de decoración ornamental y, en general, por la idea de que este hombre supo romper las estrictas normas establecidas de una disciplina tan hermética como la de la arquitectura, la figura de este freak-arquitecto da incluso para que Los Simpsons se fijen en él y den buena cuenta de él. Delicioso documento que no hemos podido recuperar más que en formato argentino.

martes, octubre 06, 2009

Semana de la Arquitectura: 2ª jornada


Tras el jostión olímpico, la villa de Madrid vive inmersa en su Semana de la Arquitectura, como cada octubre. Mejor nos irá. Una de las fechas más interesantes de la agenda local se prepara entonces para dar a conocer parte de su mejor patrimonio arquitectónico, así como de divulgar, charlar, debatir, enseñar o filosofar sobre un puñado de temas relacionados con el urbanismo o el estado actual de la disciplina. Visitar edificios emblemáticos, subir a lo más alto de algunos rascacielos, homenajear a maestros, descubrir tendencias o repasar trayectorias y corrientes son algunas de las actividades propuestas para esta edición.


Tras la mesa redonda llevada a cabo ayer sobre la obra de Óscar Niemeyer y la arquitectura contemporánea, y la visita a un puñado de torres y edificios de postín, hoy nos hemos paseado por el Mercado de San Miguel, recientemente reinaugurado. Conservacionismo, rehabilitación, falseamiento, remedos, tradición, integración, recuperación... Debate hay.


Esta tarde daremos cuenta del documental Apuntes de Frank Gehry, del desaparecido Sydney Pollack, y mañana nos centraremos en nuestro hogar, el dulce y a la vez salvaje barrio de Moratalaz.





miércoles, septiembre 30, 2009

Fuera de lugar

Todo dispuesto para el asalto. Preparados, listos...

Llevo unos días de mucho arrime, lo confieso. Mi actividad laboral, bajo epígrafe indescifrable, por lo general autónoma, no por ello independiente, me permite recibir un chorreo incesante de invitaciones amables a cócteles, actos, presentaciones, desayunos, comidas, inauguraciones y otros saraos de prensa y más o menos alto copete en los que la gran mayoría se libra el acuerdo tácito del: “tú cuéntame lo que quieras que yo zampo por la patilla”. Quien dice alimentar el buche, dice embolsar algún producto, regalo promocional o de empresa, obsequio o prebenda. ¿Podemos llamar a esta práctica soborno? Depende. Las formas más o menos exquisitas en según qué casos libran de llamarlo de esta manera tan grosera, pero la fórmula es más vieja que la del cocacolo. Sin embargo, no me interesa comentar ahora este intercambio de favores, sino el acontecimiento social en sí. El acto, con perdón. Aprovecho, además, que Juan José Millás pasa por el Pisuerga –tantas veces lo hace- con su artículo publicado este último fin de semana en la revista dominical de El País, dedicado a una fotografía aislada y que en este caso llevaba por título Identificaciones, para unirme a sus reflexiones desde mi experiencia personal. No soy yo criatura adaptada al hábitat que nos ocupa, pues digamos que el no contar con las habilidades y técnicas necesarias para el desenvolvimiento social más básico, hace que tales carencias se vean potenciadas en situaciones limitadas a espacios cerrados y reducidos, provistos de otros seres extraños con los que se supone que hay que interactuar. No todo el mundo vale para ser gorrón, categoría elevada por algunos a profesión. Como no todo el mundo vale pare ser un simple contertulio de cóctel. Sin ir más lejos, hoy mismo me he visto deambular de un lado para otro canapé en mano, sidrina en la otra, a la búsqueda de una mirada de mero reconocimiento, de empatía circunstancial, entre grupos sellados de seres uniformados sabedores de que el individuo indefenso fuera de la manada que merodea al acecho es un excluido, un don nadie, un gorrón amateur. Cuando tienes suerte y entablas conversación, lo más normal es que aflore la banalidad, el pensar para tus adentros, y para los suyos: “¿Y este quién es?” Cuando encima tu edad y tu atuendo no están del todo homologados, amigo mío, estás perdido. El síndrome de las hijas de Zapatero o algo peor te persigue. “¿Y este (que no sé quién es) por qué está aquí?”
El alcohol ayuda, claro. Y el tabaco, al menos en mi caso. Si la reunión lo permite, me fumo hasta los muñones. Y el móvil, siempre alerta, a la que salta, operativo al máximo para echar mano de él a la menor ocasión, o sea, siempre. Las manos, siempre ocupadas. Canapé. Copa. Cigarro. Móvil. Servilleta para no convertirte en un puerco amateur a las primeras de cambio. Los corrillos hablan, te han detectado, el que no da abasto con las manos es el amateur. De poco sirve ir acompañado, que conste. Te desahogas, te ríes cuando tampoco te hace gracia nada, miras a la gente con menos disimulo, pero da igual, todo sigue siendo más o menos igual de triste y desolador. Tal vez valga el entrenamiento. Yo siento que he llegado tarde y que ni en las fuerzas especiales de cualquier embajada en las colonias británicas. Esto del cóctel es muy duro, oiga. Pero qué buena está la comida y qué pedo llevo.

martes, septiembre 29, 2009

Españoles y comportamientos humanos, 2ª parte

… Y luego sintonizo Telemadrid y me trago un cacho de ese bonito espacio a mayor gloria de Sánchez Dragó y contemplo a dos carcamales, Boadella y el susodicho, chapoteando en su afán de provocar por provocar, como esos ancianitos que al ver las orejas al lobo se dedican al gamberrismo y al caca-culo-pedo-pis porque la libertad es lo único que se pierde. Uno montando el número como siempre, el otro desubicado y forzando sonrisa traviesa que no hay quien se la trague. Extraña pareja liberal, vive Dios, cada cual con sus achaques, sus neuras y sus fobias. Que si a uno le da por privatizar hasta el Vaticano, que si el otro se encierra en un gigantesco y destemplado mausoleo teatral donde no parece estar del todo a gusto. Menos mal que a los dos siempre les quedará ese reducto irreductible del canal autonómico que tan bien les acoge para parlotear y desahogarse con sus monsergas zen llenas, por otra parte, de un amargado divismo. Pero tampoco lo puedo decir muy alto porque igual Dragó me reta a un pulso de virilidad y tampoco es eso. Que en realidad está hecho un minotauro al que se le empalma que no veas. Menudo es él. Lo dicho, menudo fin de semana.

lunes, septiembre 28, 2009

Españoles y comportamientos humanos


Uno de los garitos vallekanos propicios para hacer el siniestro o el punki o lo que se quiera.

La fuerza de una buena resaca potencia la sensibilidad y agudiza la percepción del comportamiento exhibido por el prójimo. Estoy convencido. Fue ser izado en grúa desde la piltra, aún poseído por los vapores del tequila, y disponerme a gozar de un fin de semana en el que he podido experimentar una vez más la desazón ante la presencia de seres incómodos a mi alrededor. Fue plantarme entre la marabunta del público de La Riviera que esperaba la salida al escenario de The Cult y detectar la escasa tranquilidad que me deparaba el evento. La pereza ante la horda sudorosa, gordinflona y viejuna me parecía infranqueable. Menos mal que Ian Astbury empezó a cantar y la apatía desapareció, sin por ello poder deshacerme de la legión de cachalotes alopécicos y nostálgicos que abrazados como niñas frente a un grupo coral de melifluos querubines batían sus grasientos brazacos al ritmo de She sells sanctuary , con el consiguiente peligro para mi integridad física. El concierto, bien. El público, como casi siempre, presente. Fantasías de un buen lanzallamas dirigido a diestro y siniestro se agolpan en mi cabeza al tiempo que trata de asimilar la ecuación resultante entre el concepto resaca unido al de concepto concierto de The Cult.
Al día siguiente, los madrileños, entre cuatrocientos mil y un millón –cifras que a día de hoy se han estabilizado pero que ayer se escuchaban y que es como decir, entre muchos y casi todos, o entre lo que puede ser y lo que a mí me da la gana-, se echaron a las calles felices y entusiastas para tentar a la suerte y agradecer a su alcalde los desvelos procurados durante los últimos años para hacer de su ciudad una postal virtual, un concepto mercadotécnico, una referencia, una entelequia. Desvelos que le ha llevado a dar unas cuantas vueltas al mundo pregonando, eso sí, la buena nueva de un Madrid chupi lerendi y que no por ello supone una dejación de sus funciones de primer gestor público de nuestras cosas. Total, quién iba a querer vivir estos días en una ciudad descuajeringada, insufrible, irreconocible, fea, invivible, si se me permite la expresión. Pudiendo coger la mochila y escaparse en business a predicar la palabra. Quién pudiera. Pero bueno, seguro que esto cambia en cuanto seamos los afortunados adjudicatarios de un acontecimiento que de olímpico tiene lo que los populares valencianos. Tufo corrupto del bueno. Claro, que también me fascina contemplar al rubiales de Almería al frente de todo el cotarro, con sus ricitos al viento, sus gorgoritos amordazables y sus cabriolas cruce entre un baile regional y un sucedáneo de arte marcial. Patada que te crío, bulería, bulería, viva España y a otra cosa, mariposa. Eto é increíble. O imprezionante, con zeta de presi, padre que se atreve a pasear a su prole satánica con semejante desfachatez –qué gran palabra ésta- como maniobra luciferina para desviar la mirada del impuestazo, también con zeta. Porque al fin y al cabo, que nos pongan una soga al cuello es lo de menos. Lo importante es el tipín que luzcamos en nuestro ajusticiamiento o la túnica elegida para posar con el verdugo. Si somos gordos y góticos, o siniestros o menores socialistas, nos merecemos lo peor. Hasta que nos suban los impuestos.

jueves, septiembre 24, 2009

El primer gintonic de la mañana

Esto de hacerse pasar por periodista tiene su miga. Te obligan a estar a horas intempestivas en lugares incómodos desarrollando actividades cuanto menos desagradables. Puede sonar a ironía si les cuento que hace unos días invitaron a los responsables de este blog a la presentación de un restaurante de hotel situado a más de 120 metros de altura sobre el nivel del suelo de la capital. Puede sonar a chufla pero no. Los corresponsales de guerra y nosotros. Pocos más. La gran obra florentiniana aturde a cualquiera y tras sortear los vericuetos subterráneos de un sistema de túneles interconectados, que ríete tú de la callecita de Gallardón, accedemos a las tripas de la torre Beckham. ¿O es la Figo Tower? Bueno, una de esas, bajo tapadera SyV, siglas de la empresa Sacyr-Vallehermoso. Una vez dentro del Eurostars Tower, cotilleamos el lobby majestuoso y diáfano del hotel, los pantallones Apple del ciber-corner y la zona de recepción presidida por unas impactantes luminarias de fibra óptica que caen en cascada. El conjunto se antoja sobrio, incluso industrial, pero con un toque chispeante. En seguida hacemos uso de uno de los muchos ascensores que vertebran el rascacielos y en un suspiro nos plantamos en la planta 30, oídos taponados mediante. El mareo nos lo ventilamos nada más enfilar el restaurante en cuestión, un espacio en donde se cambia la grandiosidad por el intimismo y el diseño juvenil de vanguardia. Bajo una instalación de mariposas rojas, con los paneles de la obra gráfica de Nina Boy a cada lado, en lo alto de las paredes laterales, el ágape o la comilona no escapa al vértigo de unas vistas impactantes. La sierra de Madrid como telón de fondo. Siete Picos y La Bola del Mundo al otro lado de la doble piel de cristal y vidrio que protege y templa el interior de la torre. Un gintonic para empezar. Menú degustación. Manos a la obra. Un culo de Macallan para terminar. Y con los efluvios del escocés de malta todavía haciendo su trabajo, de nuevo a bordo del ascensor que recorta aún más el tiempo de distancia en caída libre. Después, visita y repaso a cada uno de los rincones del hotel y luego, a casita que llueve. Lo dicho, hemos echado el día.





viernes, septiembre 18, 2009

La vida fotografiada

Como es tradición en Repámpanos, siempre acudimos a las citas importantes a destiempo o a última hora. Por los pelos nos ha dado tiempo a visitar la exposición de Annie Leibovitz traída a Madrid desde el Museo de Brooklyn y que lleva por título Vida de una fotógrafa, 1990-2005. La fotógrafa del rock y de las estrellas de Hollywood, la fotógrafa de los noventa por excelencia, demuestra con su retrospectiva que no se corta un cacho, que la libertad creativa es un privilegio y que su obra es, para bien o para mal, ni más ni menos, su vida entera. El recorrido, en el que el visitante se asoma tanto a su trabajo más publicitado como a las escenas cotidianas de su vida personal y familiar, no puede ser más pedagógico e inspirador pues acerca la cámara a nuestra propia realidad alejándose al mismo tiempo de la parafernalia y la puesta en escena. Admiramos a una espléndida Demi Moore embarazada, a Mike Jagger en escorzo sobre la cama o a Baryshnikov sostenido en vilo, a decenas y decenas de celebridades y de fotos míticas que saltaron del Vogue o la Vanity Fair al recuerdo imperecedero de gente anónima de todo el mundo, pero en donde realmente nos tomamos un respiro es en contemplar la rutina doméstica de su hogar, la intimidad de sus seres queridos, el transcurso de una vida en imágenes. La técnica y la composición queda muy lejos cuando es Susan Sontag la que agoniza. En estas fotos, al igual que en las de su padre moribundo, no hay estética como en las de Sarajevo o Ruanda (una de las fotos más estremecedoras que he visto en mi vida, aunque no pueda evitar que me recuerde a la portada del Beggars Banquet de los Stones, es la de las huellas ensangrentadas de una matanza de tutsis), tan sólo emoción y voluntad de seguir disparando hasta el final, poseída como estaba a veces por un trance propio de estar encuadrando la muerte más cercana, la de los tuyos.

La madre de Annie Leibovitz

William Burroughs

La maestría en el manejo del foco y de la profundidad de campo, la sensibilidad femenina de su universo más onírico y poético, el control del blanco y negro, tan típico de los noventa en manos de Avedon y Corbijn, queda un poco al margen al hilo de una disyuntiva que me asalta de vez en cuando: ¿realmente quiero fotografiarlo todo?, ¿es necesario siempre fijar mis recuerdos en un álbum de fotos?, ¿están estos recuerdos en las fotos o deberían partir de mi memoria? En cualquier caso, la exposición de Annie Leibovitz te implica. Puede tener algo de exhibicionista, puede ser honesta y valiente, lo cierto es que sea como fuere, obra y artista parecen merecer el mismo calificativo. Son la misma cosa. Para bien o para mal.