No pude evitar conmoverme cuando ayer de madrugada terminé de leer la biografía de Cary Grant que Marc Eliot publicó el año pasado. Una biografía escandalosa, ciertamente, pero muy humana y hasta cierto punto distanciada. Sin embargo, tras más de 400 páginas y 82 años de vida intensa, al final siempre nos queda el hombre, el anciano en su lecho de muerte, y eso siempre emociona. Más cuando el personaje es Cary Grant y, a pesar de la vocación desmitificadora del libro, acabas aclarando sus sombras y encariñándote con sus muchas luces.
El lector se encuentra con un hombre lleno de traumas e inseguridades, aunque con un magnetismo a prueba de Freud. Su relación con su madre y su país natal, su homosexualidad, sus apasionadas relaciones con Randolph Scott y con Howard Hughes, su amor platónico con mil y una estrellita y dama de la época, sus vínculos con el FBI y J. Edgar Hoover, sus broncas con Leo McCarey y su afinidad con Hitchcock, su devoción por Chaplin y la defensa de las libertades individuales llevada a cabo en pleno macartismo, sus actrices, sus juergas y sus chifladuras con el vestuario, sus coqueteos con el LSD, su pavor a la muerte. Y el cine, siempre el cine.
Alexis Smith: El mejor actor de cine de la historia. Hay una expresión, “enamorar a la cámara”, y dudo que nadie enamorara a la cámara como él.
Greg Dulli siempre ha rodeado sus proyectos de una imagen muy cuidada. Es su forma de entender el mundo. Fue el líder de Afghan Whigs y luego aplicó su clase a Twilight Singers. Ahora llega junto a Mark Lanegan bajo el nombre de Gutter Twins. Menudos son. Esta es una muestra de su arte en fotos y portadas.
El domingo pasado, el diario El País publicó un curioso reportaje titulado “El negocio de la infidelidad”. Reflejaba la proliferación de empresas especializadas en dar cobertura a la mentira conyugal, como recurso desesperado de la parte infiel y como estratagema que, a pesar de todo, no logra sortear el ojo avizor del detective de turno. Uno que está puesto por imposiciones del currelo en el mundo de los love hotels no puede sino flipar ante tamaña sofisticación de la mentira, pues más allá de la existencia de estos singulares centros de amor clandestino nace un negocio capaz de cubrir una demanda tan antigua como el mundo. Compañías virtuales que ponen a disposición del corneador/a todo un tinglado –a veces alegal, en el caso de escaqueos societarios o de cualquier otra índole- de patrañas para no pisar en falso.
Especialmente recomendado para despistados, olvidadizos, cobardicas de rubor fácil e idiotas en general. O para campeones del engaño que necesitan de profesionales a la hora de organizar su agenda en condiciones e ir dejando tras de sí cortinas de humo a prueba de carmín sospechoso. De chupetones y marcas sexuales no hablan. Ay, me sé más de uno que de buena gana hubiera contratado estos servicios a fin de terminar de diseñar su doble vida. Ayuda inestimable del folleteo sistemático. Hoteles fantasma, seminarios inventados, merchandising de pega, ecos telefónicos, hasta souvenirs de coña. Los tiempos cambian que es una barbaridad.
Al parecer ya están en marcha varios proyectos de Clint Eastwood. Uno de ellos lleva por título Gran Torino y, según rumores de Hollywood, puede representar la vuelta al cine del Harry Callahan, el arisco pistolero de San Francisco cuya saga fue inmortalizada de la mano de Don Siegel. Un Ford Gran Torino del 72 se verá las caras con el jubileta Callahan, un tipo duro con todas las de la ley. Bueno, y sin ley. Vuelve Harry, aunque Clint siempre está ahí, al pie del cañón, esta vez el de su peaso pistolón.
Hace unos días tuve una experiencia reveladora. Siempre he estado convencido de los poderes superiores de la música, de su capacidad de transformación emocional más allá de lo explicable. Sin embargo, nunca lo había comprobado con tanta eficacia más allá de mis propias carnes y mi entorno. Por eso, cuando descubrí ese pequeño o gran milagro revelándose en el cerebro de un renacuajo humanoide de no más de un metro de estatura, quedé estupefacto. Porque no hay necesidad de ahondar en los detalles, decir que estaba en una casa rodeado de niños, bebés, animales, y alguna que otra persona. Uno de esos seres diminutos atravesaba una fase de absoluto descontrol hiperactivo, una fase que igual llevaba en marcha horas, días o años. El enano ni siquiera sabe hablar todavía y apenas balbucea sonidos extraños imposibles de descifrar. Él señala cosas con cara de estar todo clarísimo y tú te piensas que te está pidiendo una cerveza. En fin, mientras el niño correteaba de aquí para allá sin orden ni concierto, decidí abstraerme del mareo y saqué mi reproductor de mp3. Encenderse las luces del aparato, localizarlas al otro lado de la habitación con su radar ultrasensitivo y abalanzarse sobre él para juguetear fue todo uno. Hasta ahí, lógico. Cosas de niños. Pero cuando mi amiguito empezaba a flipar con el sistema táctil del chisme y yo empezaba a temer por la integridad de alguno de los dos, pues mi nivel de paciencia caía en picado, le coloqué los auriculares en sus miniorejas y pulsé play al azar. Ipso facto, la criatura cesó sus hostilidades y adoptó una postura hierática no desarmada hasta el final de Hutterite Mile, la primera canción del Folklore, uno de los discos del grupo de country-rock-oscurete 16 Horsepower. Más de cuatro minutos de melodramática balada western, a golpe de banjo gótico y atravesada por la voz angustiada de Dave Eugene Edwards. Precioso. Una alegre cancioncilla que ni Teresa Rabal. Y el gamberrín paralizado. Como un androide en fase de recarga.
Sentí inocular en él la semilla del diablo. Noté cómo se le agarrotaban sus débiles músculos para ser rellenados con espesa savia mefistofélica. Vi en su mirada perturbada la pérdida de la inocencia, vi unos ojos inyectados en oscura premonición. El viaje cesó con el fin del lamento de los de Colorado, y el niño reaccionó ante el abrupto silencio quitándose los cascos y reanudando su frenética actividad de pequeño chalado. Pero la obra ya estaba hecha. El mal estaba en él y yo lo sabía. De vez en cuando me miraba de soslayo para ver si yo estaba dispuesto a proporcionarle una dosis más, ya fuera de death-metal o de electro-punk, pero yo ya no me atreví.
Por cierto, a su padre, que andaba por ahí, no pareció hacerle ni puta gracia mi extraordinaria revelación. Todo sea por el caos de las nuevas generaciones.
Hay para elegir, no me dirán que no. Si ustedes desconfían de sus representantes políticos, que hay gente muy rara que desconfía, no se preocupen porque siempre les quedará el consuelo de depositar sus más íntimas esperanzas informativas en profesionales como los que arriba aparecen retratados. Tan guapos ellos. Y ellas... tan lozanas. Y que conste que aquí les mostramos una mínima parte, aunque ilustre representación, de la independencia* e imparcialidad con la que periodistas con trapío azotan el poder y la injusticia. Ellos son nuestros héroes del día, qué digo, de la Semana Santa. Mírenles, sólo les falta el capirote cofrade.
*Cuando antes hablaba de independencia, que no se me malinterprete. Lo decimos sin suspicacias, que luego María Antonia Iglesias se nos enfada (la otra noche, en un programa de máximo rigor, la vimos ponerse muy seriota con ese tema asegurando que de independencia naranjas de la china, que todo aquel que se autoproclama independiente es más derechón que Blas Piñar. Muerde, María Antonia, muerde!!!).
¡Quiero una vulva bonita! Esa parece ser una obsesión cada vez más arraigada en las ya de por sí atrofiadas mentes de muchas jovencitas estadounidenses. Hace unos días, el programa La Noche Temática de La 2 emitió un conjunto de documentales bajo el título Mujer sin complejos, en el que además de analizar la repercusión y las circunstancias que rodearon el descubrimiento de la píldora anticonceptiva, así como contar la historia de las Flappers, un grupo de mujeres pioneras a principios del siglo XX, reflejaba la empanada mental que supone para muchas personas exponerse ante la influencia de la dictadura de la imagen. Más allá de constatar el poder manipulador de herramientas como Photoshop, un bisturí en manos de agencias publicitarias y de moda, el tramo más demoledor del documental tenía que ver con el seguimiento de una pobre tarada cuya mayor preocupación consistía en conseguir tener una vulva lo más parecida posible a las de aquellas modelazas que aparecen en las revistas. Es decir, ausencia casi total de labios a la vista, de dudoso estímulo sexual, por otra parte. La menor se hacía acompañar de su madre, otra tarada pero con más añitos de estulticia a sus espaldas, mientras este fresco monstruoso se completaba con la presencia escalofriante de un cirujano negrito y sonriente. El personaje en cuestión narraba sin rubor su excelente posición social (quedaba la mar de mono con su gorrito de marca) y no hacía ascos al permitir introducir una cámara en su consulta y en su quirófano. Los comentarios que este auténtico bastardo profería a la niñata durante el reconocimiento ruborizan al más pintado. Lindezas alusivas al grosor de sus labios superiores, al grotesco aspecto de sus genitales o a su falta de sensualidad eran lanzadas al tiempo que las pupilas del tipejo se convertían en parpadeantes símbolos del dólar. Cada tajo y puntada ascendía a una cifra la mar de jugosa y la paciente, ante tal catarata de improperios y guarradas, no duda en aceptar de mil amores someterse a una operación peligrosa y, a todas luces, escandalosa. Cuando medio mundo se rasga las vestiduras con prácticas tercermundistas como la ablación, el país de las libertades fomenta una intervención vejatoria y, sobre todo, interesada y adulterada porque la imagen a la que estas oligofrénicas aspiran, muchas veces es totalmente falsa, creada ni siquiera en una sala de operaciones sino delante de un ordenador Apple. Tras el reconocimiento, el doctor miamero dictamina: eres una buena candidata.
Una de alegatos. Por mal que les pese a algunos, ver Sé lo que hicisteis, el programa de La Sexta, resulta revelador. Aquí publicamos un par de gemas del costumbrismo catódico llevado al estupor por la inefable AR, musa de la España moderna y chopisticada. No es mi intención dar bola a los chavales exprimidores del zapping, pero gracias a ellos cae en YouTube todo tipo de documentos escalofriantes. El primero pone los pelánganos del revés. El segundo, en el que se gusta, hace que tus pupilas se dilaten y tus orejillas se expandan. Atónitos nos deja esta muestra de sinceridad espontánea que, aunque pueda interpretarse como un desliz, parte de un comentario desafortunado, unas palabras fuera de contexto, mala baba del receptor, etecé, no deja de ser el reflejo de muchas cosas.
Rece, rece, don Gaspar. Que conste que no es nuestra intención cachondearnos de tan ingrata situación. También queremos aliviar a los camaradas internautas y desmentir, vista la instantánea, que el señor Llamazares se haya convertido al catolicismo, aunque desde aquí le recomendamos un retiro espiritual aprovechando su más que holgada agenda en su nueva andadura civil. Qué penita, señores, qué penita. ¿Serán capaces de reconducir algo entre tanto guirigay? ¿Superarán lastres históricos y modernizaran su discurso? ¿Asumirán sus contradicciones y se librarán de las malas compañías? ¿Cambiarán la llorera por la ilusión? ¿Se adelantarán a sus goliats para beneficiarse de otros atributos como la imaginación, la flexibilidad y la libertad de acción? ¿Se sacudirán la caspa (porque no sólo cunde entre la derecha)? ¿Se alegrarán de algo alguna vez y dejarán de regañar a todo quisque? ¿Sacarán a Fidel del túnel del tiempo? ¿Pondrán al frente de la agrupación a algún pibón? Tantas preguntas sin respuesta... Por lo menos, les queda cierta dignidad. La de la eterna derrota.
Ya no es cuestión de poner en solfa la credibilidad de los mal llamados debates. Lo más indigesto es soportar los post-debates. En los programas y espacios correspondientes, cada hinchada sigue a lo suyo desde su trinchera. No me hace falta haber visto ninguno de los dos enfrentamientos, pues ya sé quién ha ganado antes de hacer zapping. A un lado, vocean los hooligans del de la barba sin hacer concesiones. Al otro, los del de las cejas, al mismo ritmo, sin mirar atrás, ni a un lado ni al otro. Cada bando, exhibe sin pudor sus falacias y medias verdades sin reconocer un ápice las mínimas certezas en positivo del contrario. Miguel Ángel Rodríguez, Ernesto Ekaizer, PJ Calvorota, Margarita Sáenz Díaz, Melchor Miralles... Editores, directores adjuntos, periodistas, analistas y profesionales reputadísimos, cada cual con su papel aprendido y mascado para regurgitarlo ante las cámaras y micrófonos. Una vez más, el cuarto poder en la palestra. No deberían prohibir los debates entre uno y otro, por muy rídiculos que éstos sean (los candidatos y los debates en sí mismos), sino las manifestaciones en forma de post-debates, todo un ejercicio de descomunal demagogia y parcialidad descarada. Con un poco de suerte, los ciudadanos podríamos pensar por nosotros mismos, que falta nos hace.
1. Deep Purple - Fireball 2. Aretha Franklin - Jumpin' Jack Flash 3. Turbonegro - Get it on 4. The Gossip - Standing in the Way of Control 5. Queens of the Stone Age - Feel Good Hit of the Summer 6. The Flamin' Groovies - Milkcow Blues 7. Buckcherry - Lit Up 8. Sonic's Rendezvous Band - City Slang 9. Social Distorsion - Dear Lover 10. Beast of Bourbon - Let's get Funky 11. AC/DC - Jailbreak 12. Hawkwind - Motörhead 13. Black Crowes - Stare it Cold
Con ánimo aprensivo se dispone uno a sobrevivir a otra campaña electoral, en la que sabe que no va ahorrársele nada, desde la vulgaridad de la "tradicional pegada de carteles" hasta los chistosos insultos mitineros que degradan por igual al orador que los repite y a la masa partidista que los aclama. Si la política es una cosa tan seria y la democracia es tan valiosa y tan frágil, ¿por qué el espectáculo de los políticos y de los fervores de sus hooligans nos parece tan bajo? Decía Borges que al asistir en Buenos Aires a la manifestación de alegría que llenó las calles cuando se supo en mayo de 1945 la rendición de Alemania descubrió que algunas emociones colectivas podían no ser innobles. La democracia, para quienes nacimos sin ella, sigue siendo al cabo de los años un sueño personal y una noble emoción colectiva, pero el ruido y las bajas pasiones de la política la convierten con demasiada frecuencia en un espectáculo nauseabundo, protagonizado por personas que hablan y actúan con una irresponsabilidad y un grado de incompetencia que nadie puede permitirse en su propia vida.
Una campaña electoral sirve para exagerar diferencias, poner en ridículo al contrario y alentar los hervideros irracionales de la sangre, pero mientras tanto los problemas reales perduran obstinadamente, y uno se pregunta con escepticismo y desasosiego si su voto mínimo servirá para algo: para que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos civiles a lo largo de todo el territorio, y todos los votos valgan lo mismo; para que haya por fin una división clara entre la Iglesia y el Estado y sean los creyentes quienes se paguen sus cultos y no tengamos que ver nunca más a un cargo público presidiendo una procesión; para que cualquiera pueda ser concejal sin jugarse la vida, y a ser posible sin hacerse multimillonario arrasando la costa con una urbanización; para que la escuela ofrezca a todos por igual la oportunidad de desarrollar sus mejores capacidades, sin embotar los cerebros con la indulgencia y la desgana o envenenarlos con un odio alimentado de ignorancia; para que la vida pública se base en la ciudadanía voluntaria y racional y no en la pertenencia étnica o religiosa o lingüística; para que no siga avanzando aterradoramente el desierto y el tesoro tan escaso del agua se administre con arreglo a la racionalidad y al bien común; para que las conquistas sagradas del derecho universal a la educación y a la salud no estén sometidas al lucro privado, aunque sí a la excelencia en su gestión pública y a la responsabilidad adulta de quienes nos beneficiamos de ellas. Todo lo demás es política. Fuente: El blog de las Elecciones 2008 en ELPAÍS.com (22 febrero, 2008)
Hay que ver lo que les gusta a los de Hollywood el aspaviento y el disfraz. Qué pocas veces triunfa la contención y la sobriedad. Tommy Lee Jones compone el mejor papel del año en En el valle de Elah. Punto.
No es ninguna novedad pero no por ello desmerece ser reseñado a estas alturas. Se trata de las series que el sello independiente Azuli Records ha venido lanzando desde 2001 bajo el nombre de Late Night Tales. Recopilaciones en las que bandas, artistas y DJ's seleccionan y mezclan las canciones que les gusta escuchar para finalizar el día. Howie B, Air, Flamin' Lips, Jamiroquai o Fatboy Slim son alguno de los nombres más famosos que se han prestado a confeccionar estos sabrosos discos de varios.
Y llegó Pozos de ambición. Dejando al margen la melodramática adaptación en español de su título, cabe decir que estamos ante la que podría haber sido una obra maestra del consentido director de Boogie nights y Magnolia, de no estar pasadísima de rosca. Pasadísimo el director y pasadísimos los actores en una historia ya de por sí un poco de culebrón. Pero ese culebrón comienza a atrapar porque bebe desde el arranque directamente de las epopeyas patrias de John Ford para, poco a poco, ir soltando amarras hasta disparar sin reparos la gestualidad y todo el histrionismo de Daniel Day-Lewis. Así, durante casi tres horas hasta llegar al cierre, un epílogo diseñado al más puro estilo Kubrick. El manierista y grandilocuente de Barry Lyndon, La naranja mecánica o El resplandor, claro está. A pesar de todo, la capacidad narrativa del director, aunque nulamente contenida, consigue plasmar un puñado de grandes momentos escenificados en una película de gran amplitud y factura. Por ello el espectador no da crédito en cuanto asoma la parodia, cuando los personajes, desagradables y monstruosos, adquieren tintes caricaturescos. Una historia tan excesiva como su título. Paul Thomas Anderson se ha quedado a gusto. Ver Pozos de Ambición me reafirma en mis convicciones respecto al mundo del arte. Enfrentarse ante la belleza y las emociones suscitadas por un objeto implica un acto de absoluta libertad. A veces uno se estremece o conecta con algo sin saber el motivo y sin buscar respuestas racionales. Pero cuando se quiere ir más allá suele necesitar establecer referentes sólidos a los que anclarse para pisar suelo firme y no desvanecerse en el vacío infinito de eso que llamamos arte. Puede que en eso consistan los prejuicios. Sin embargo, las etiquetas son útiles para configurar un criterio y educar el paladar por lo que, a menudo, suelo recurrir a los aspectos más reconocibles del sujeto antes de valorar el objeto. Algo así como contextualizar la obra. De esta manera puedo encajar películas de Kubrick tan desmesuradas como 2001 o Eyes wide shut gracias a otras tan certeras y ahorrativas como Atraco perfecto. O puedo aproximarme con respeto a la locura de Dalí en su fase más surrealista y lunática después de haber constatado su versión figurativa. No es más que una manera de escapar del fraude.
Y esta reflexión me lleva directamente a recordar mi noche del viernes pasado. Una invitación rebotada cae en mis manos y me desplazo hasta una galería de arte donde supuestamente se presenta un chef para un par de hoteles portugueses. La cosa se celebra en un primer piso y nada más subir las escaleras el barullo que fluye a ambos lados, en dos casas enfrentadas, confirma la llegada a las señas correctas. Sin nadie que ejerza de anfitrión, con un pelotón de gente cruzando de lado a lado, decidimos pasar a una de las casas en las que parece se instala la galería y la presentación. Nuestra curiosidad no se ve satisfecha pues tras echar unos cuantos vistazos todo parece reducirse a un par de habitaciones aparentemente vacías. Bueno, vacías. En una de ellas, una gran jaula no contiene más que la caída de una bombilla que luce intermitentemente. En la otra, la más grande, todo es diáfano salvo por una proyección estática de una foto y un detalle en el que más de uno repara porque sirve para que los incautos asistentes, copa y canapé en mano, tropiecen sin remisión. El detalle no es más que una especie de plancha de hierro, de estas que pueden utilizarse para fijar un baldosín, con un asa y bien colocadita en mitad del paso, sobre el frío mármol. Un par de vinos más tarde nos convencemos de que aquel conjunto es en realidad la exposición de marras. Fascinante. La fauna no desentona: mujeres estiradas de cutis y tacón alto, corrillos de guiris cuchicheantes, tipos extravagantes enfundados en gabanes negros con calaveras amarillas, chuzos de postín, gorrones de bandeja. Gente del arte. Gente que de vez en cuando se asoma por una cortina de goma negra, como las que tienen los talleres de coches para dividir espacios. Mi curiosidad ante la costumbre del personal me lleva a sospechar y no puedo remediar traspasar la cortina. Al otro lado, la penumbra envuelve la continuación de la habitación en la que estaba y, como si me viera atrapado en un cortometraje sin apenas guión, enfilé hasta la luz que se filtraba por el hueco de la única puerta por la que los fisgones podrían haberse colado. Justo antes de que pudiera llegar hasta ella, una mujer me indica que aquello es un despacho y me sugiere media vuelta, con lo que mis pesquisas y esperanzas morbosas por encontrar un nido de depravación donde la cultura y el arte dieran paso a sexo grupal y esnifadas compartidas se fueron al garete. Después de este episodio y cuando ya enfilábamos el descansillo, todavía atónitos por el despliegue, sin tener ni rastro del chef y con el buche vacío por la escasez de piscolabis, cuando comentábamos la última media trompada con la plancha de la instalación, entreveo en la puerta de enfrente un gentío desproporcionado con lo que acabábamos de dejar atrás. Confirmo que allí está la fiesta y, tras superar el franqueo de la barrera a pesar de no contar con la necesaria pero no avisada invitación física, accedemos a lo que bien pudiera ser una escena sacada de una película de Woody Allen o del guateque de Desayuno con Diamantes. Una auténtica jauría de personajillos poseídos por el espíritu depredador de la alta cultura debaten en mesas redondas, en rincones y en cualquier resquicio de lo que es una especie de hogar del galerista, decorado con cuadros y esculturas, con habitaciones destinadas al almacenaje, con estanterías llenas de libros, con alfombras absurdas y distribución caótica. Gordos trajeados y suripantas emperifolladas corretean entre la gente sosteniendo en equilibrio platos repletos de jamón y albóndigas. Al fondo del salón, parte de la masa se agolpa alrededor de las copas, vino con tufo a coles y cerveza de litrona, que los camareros a duras penas van sacando y repartiendo. Al otro lado de la estancia, una mesa adaptada para bufé es asaltada por la manada hambrienta. Los invitados comen con las manos, ríen a carcajadas, se empujan y se apelotonan mientras comentan la jugada o se ligan descaradamente a mandíbula llena. Atenazados por el estupor, no conseguimos encontrarnos cómodos en ningún momento, aunque sí salvamos la proeza de rellenar un plato con algunas de las exquisiteces cocinadas por el chef fantasma, siempre y cuando ibéricos y quesos puedan ser susceptibles de formar parte de sus méritos cocineros, claro está. De pie, con las dos manos ocupadas en sostener copa, servilleta, cubiertos y plato, con la americana puesta y la bufanda mojando la salsa, intentamos mimetizarnos con el paisaje, ser parte del argumento con naturalidad pero el camuflaje no basta. Hace falta mucho más alcohol y más maneras.
No preocuparse, ya estoy aquí. Mi dilatada ausencia se debe a mi enclaustramiento voluntario con el fin de adquirir aún más sabiduría. Entre volúmenes enciclopédicos de ciencia y saberes arcanos me paso día y noche, y mi ocio se reduce a mínimos contactos con la actualidad a través de escapadas furtivas a salas de fiestas y cines de extrarradio.
En fin, que la última de estas aproximaciones con el exterior me ha llevado a ver En el valle de Elah, la última peli de Paul Haggis. Si bien Crash me pareció la obra de un listillo, una película un tanto mentirosa y manipuladora, he de reconocer que aquí está mucho más acertado. De hecho, la película me entusiasmó. Además de contar con un gigante como Tommy Lee Jones, un tipo que cada vez me gusta más, con una solvente Charlize Theron y con una siemprealquite Susan Sarandon, es difícil cuestionar el valor propio del director y también guionista. La historia es suya y la sabe llevar hasta el final sin la retórica y la panfletería encubierta de su anterior éxito. Dota a los personajes, sobre todo al interpretado por un cada vez más agrietado Lee Jones, de capacidad de rectificación en unos tiempos de valores absolutos y de posicionamientos irrenunciables. Esa es tal vez la cualidad más sobresaliente de la película, la de haber construido unas personalidades imperfectas capaces de reconocerse y de superarse con humildad. Hasta el carácter más fuerte, el forjado durante años con mano de hierro en un ejército salvador, puede resquebrajarse y darse cuenta de que su país no es tan perfecto, de que su hijo no es tan perfecto y, lo que es más importante, de que él mismo tampoco lo es. Por eso la película sale de la escena final no sólo indemne sino reforzada, demostrando Haggis que un solo plano bastaba para cargarse todo lo anterior o para encumbrarlo. El espectador, yo al menos, sopla de alivio al constatar que la elección ha sido la correcta, a un paso de haber montado en cólera ante lo que hubiera sido un intragable ejercicio de cinismo patriotero.
Todo quisqui ya ha publicado sus top ten y sus listados de los mejores discos del 2007. Aquí va el mío:
1 American Gangster – Jay-Z 2 Sky Blue Sky – Wilco 3 Sound of Silver – LCD Soundsystem 4 Neon Bible – Arcade Fire 5 Grinderman – Grinderman 6 Myth Takes – !!! 7 Raising Sand – Robert Plant and Alison Krauss 8 The Hair the TV the Baby & the Band – Imperial Teen 9 Era Vulgaris – Queens Of The Stone Age 10 Hey Venus – Super Furry Animals
Vaya, qué moderno y previsible. Ehh, que no he metido a Radiohead. Eso ya me convierte en un revolucionario.
Gentes hasta los huevos de esa suerte de dictadura de lo políticamente correcto: uníos!!! Hastiado por el feminismo rancio me hallo, arrinconado por la portavocía oficial del hecho progre, asqueado por una sociedad sometida por el imperio de un machismo que, lejos de contentarse con causar muerte y dolor, engendró criaturas que golpean y golpean la puerta equivocada, chillan y patalean asidas a un altavoz con la esperanza de cambiar un mundo que en parte ya ha cambiado. No puedo con tanta tontuna maquillada, con confundir educación con baba y revolución con pose. No es tanto una cuestión de hipocresía o de falsa moral, sino de no darse cuenta de las prioridades. Dejadnos en paz de tanta memez, de esta repentina ecología barata, de españoles y españolas, de amig@s y arrob@s, de cojones y cojonas. Síííí, ZP es el culpable, el caudillo de este maquiavélico plan de buenrollismo general que nos va a llevar a entonar el himno de los verdes valles y los cielos azules. Malvado eres tú y tu sonrisa boba de justiciero social. ¡Qué vuelva Solchaga! ¿Qué digo? ¡Qué vuelva Camacho! Joder, si sigo así voy a tener que pedir asilo en Libertad Digital.
Tras el primer volumen de las Muuu DJ Compilations, dedicado a la memoria de Elvis, ya se han puesto en circulación tres más: Eldisco del desierto, El disco del pantano y Nocturnidad y alevosía. Pronto publicaremos sus listados y portadas.
En las librerías aparece el libro Los Verdaderos Gangster en el Cine y en las carteleras la última peli de Ridley Scott, American Gangster. Va a ser que el hampa está de moda. Salgo de ver la película y necesito reposar. Tras dos horas de metraje no tengo muy claro si lo que he visto me gusta o no. A veces me pasa. Un par de cervezas y un pitillo más tarde me voy dando cuenta de que puede que el veredicto vaya a ser negativo. Lo sabía. Sabía que no podía confiar en el señor Scott. Sabía que la primera mitad de su carrera quedaba muy lejos, anclada en la memoria con nostalgia pero también con asombro hasta el punto de llegar a sospechar sobre la verdadera autoría de un puñado de obras maestras y peliculones de nuestra infancia. La factura de American Gangster no es del todo rebatible. La interpretación de sus dos famosos actores desborda profesionalidad. La historia es jugosa. ¿Qué coño le falta o le sobra entonces a una peli donde se juntan tantos factores tan atractivos a priori? En mi opinión le sobra metraje, aunque no es el peor de sus defectos pues las horas pueden pasar volando si la dicha es buena. El ritmo, de una densidad sostenida en sensibles altibajos y arreones que incluso coquetean con el letargo, tampoco ayuda. También le sobra ambición, la de un tipo que anda a la búsqueda de Óscar tras Óscar y pretende, a través de una recopilación de planos y secuencias arquetípicas del género, legar su particular El Padrino o Godfellas –mientras Coppola trasciende el género y Scorsese lo representa en su quintaesencia, Scott se limita a fusilarlo al pie de la letra-. Y ahí es cuando percibo lo que le falta. Le falta alma. Y magia.
Eso sí, háganse con el último disco de Jay-Z. Ése sí que es un trabajo a la altura.
Pinchen en la tarjeta de presentación para ver quiénes son los que pinchan de verdad. No se pierdan la cita en el Bar Badulake, en el madrileñísimo barrio de Lavapiés. Será la fies!
Serpentinas y villancicos a gogó. Go-gós matarifes. Folclore y refrescos. Death metal y retro-funk-speed. Carcajadas y roscón anfetamínico.
Sí, o modas pijas de niñ@s gilipollas. Vayan buscando las suyas. Yo en estas Navidades me voy a dedicar a pensar en ello. Pantalones pesqueros, camisetas de acid, calcetines de rombos, flequillo de Aznar, jerséis anudados sobre los hombros... Historia viva de nuestra estupidez. Ya verán qué gracia
El portal Tablet Hoteles reivindica la asociación entre música y hoteles. Una manera de hacerlo es que los propios establecimientos creen sus propias compilaciones temáticas. Como la que el californiano Hotel Healdsburg elabora bajo el título Love Supreme:
In A Sentimental Mood John Coltrane Take Five Dave Brubeck When I Fall In Love Miles Davis Search for Peace McCoy Tyner Autumn Leaves The Cannonball Adderley Sextet Hullo Bolinas Bill Evans Say It (Over and Over Again) John Coltrane Quartet Mood Indigo Marcus Roberts Blue Monk Thelonious Monk Flamenco Sketches Miles Davis
O como los Downtown Sounds del Soho Grand Hotel de Nueva York:
NY Excuse Soulwax
Poor Innocent Boys Cazals Final Ahh (Nicky Remix) Hiltmeyer Inc/Parker Frisby Juicebox The Strokes I Bet You Look Good On the Dancefloor Arctic Monkeys Neighborhood #3 (Power Out) Arcade Fire Love Is an Unfamiliar Name The Duke Spirit Pulsatron (Hugo Nicholson Vocal Mix) Siobhan Fahey Love Is a Number White Rose Movement Hate Cat Power
Termino de leer La Carretera, el aclamado best seller de Cormac McCarthy y premio Pulitzer 2007, y tomo aliento. Reposo los últimos párrafos que enderezan el camino torcido de la historia y que endulzan el sabor amargo de la travesía por el libro. Literariamente, decepciona su epílogo. Sin embargo, algo en mi interior agradece el bálsamo. Puede que el precio de atenuar el desasosiego del lector sea bajar el escalón que separa la obra maestra, esa que incluye más de un libro en uno solo, del libro de aventuras en el que tal vez se quede. A lo mejor no es más que un libro sobre un padre y un hijo vagando por un paisaje desolado tras un holocausto nuclear. A lo mejor no alcanza para representar la imagen de la especie humana desesperanzada ante un destino irremediable. A lo mejor no alcanza para llegar a presagio. Pero, ¿y si Cormac McCarthy aún cree en el hombre y rechaza su extinción?
Mira que no tenía pensado dar más cobertura de la que ya tiene al celebérrimo incidente de la Cumbre Iberoamericana. Pero ¡ay, qué mundo de locos! Cuánta contradicción concentrada en unos instantes. Un líder incompatible con cualquier sistema democrático aunque representante de un país con una democracia más o menos efectiva achantando a otro, supuestamente elegido por el pueblo pero a todas luces responsable del alejamiento de su país de toda frontera democrática. Qué juego de equívocos éste. Y todo esto para que el señor Chávez se afiance en su cruzada populista contra los imperios –qué mejor demostración que conseguir que el símbolo del imperio español te levante el dedo y la voz- y para que las dudas arrojadas por él mismo acerca de una serie de interesantes cuestiones como el golpe de estado en Venezuela en el año 2002 o el papel de algunas empresas patrias en suelo latinoamericano se ensombrezcan todavía más. No somos ná y menos en calzoncillos.
Sin alcanzar la quintaesencia, Leones por Corderos continúa el legado de Sydney Pollack o Costa-Gavras y resiste el encontronazo con la realidad, uno de los aspectos que más me interesan pues Robert Redford demuestra arrojo al dirigir su mirada al presente y no a hechos pasados. Un paso más en la distancia con la que el cine español parece saludar al norteamericano, probablemente como un acto reflejo de una sociedad no demasiado madura para sentarse frente a la gran pantalla a presenciar una realidad ficcionada cuando se siente hastiada en su relación diaria con la realidad a secas frente a la pequeña pantalla. Aquí nos va más hacer una peli sobre Yoyes o el GAL pero a nadie se le ocurre tocar el 11-M o acontecimientos delicados de reciente impacto. El tiempo amortigua lo suyo.
El caso es que la nueva película de Robert Redford, concebida desde la progresía yanqui, enfoca tanto a unos como a otros. De hecho, se autoenfoca. Apela a los de derechas, representados por un hombre de acción –política, claro- encarnado en el papel de Tom Cruise, a desembarazarse de cobardes y mentirosos que a día de hoy lideran su partido, su país y la acción armada mundial. De hecho, el peor parado de la película aunque sea de forma velada parece ser el actual presidente de los Estados Unidos, un tipo que manda su país a la guerra pero que nunca quiso enfundarse en un uniforme cuando tuvo la oportunidad. Redford dibuja el perfil de un senador dispuesto a todo por sacar adelante la victoria en el campo de batalla, pero es también el perfil de un tipo decidido, inteligente y capaz. No un papanatas. Enfoca también a la izquierda, y apela en este caso a su dirección moral, dirigible en función de tantas y tantas cosas. La periodista interpretada por la llorona Meryl Streep descubre el conflicto interior al ser definida por el senador como una veleta, una hipócrita. Ella lo reconoce. Los republicanos siempre apoyarán la guerra. Los otros a veces sí, a veces no.
Por último, apela a cualquiera de nosotros, al espectador mismo, a rebelarse contra la inercia y la falta de decisión, a no ser cordero ni siquiera para dominar el rebaño. Siempre será mejor ser león, aunque sólo seamos uno entre tanto cordero.
Fernando Martín, presidente de Fadesa, del lobby inmobiliario G14 y ex-presidente del Real Madrid, aquel del peluquín encementado y de verbo ridículo que duró tanto en la Casa Blanca, asegura que si se reduce el índice de construcción de viviendas, con el consecuente aumento de paro en el sector, se “provocará importantes conflictos sociales”, ya que los primeros que se irán al paro serán los inmigrantes. El tipo no se corta y con una entonación paternalista da por seguro que así se estará incitando a toda esta gente a involucrarse en actividades nada beneficiosas para la sociedad. La jugada, pues, es magnífica. El señor Martín con estas declaraciones no sólo desvela una sospechosa desconfianza en la masa inmigrante –la ecuación al sustraerse el factor del empleo en la construcción da como resultado el comportamiento delictivo, como si no hubiera otra solución- sino que ejemplifica la visión piramidal que atornilla los estratos sociales a su condición de ricos y pobres. Algo así como: no se preocupen que aquí estamos nosotros, garantes de la estabilidad, den gracias porque les damos empleos que mientras seamos quienes organicemos el tinglado no les van a entrar ganas de montar una revolución. Ustedes a trabajar en nuestras obras de vivienda, que nosotros nos dedicamos a que nunca les falte una, aunque no puedan permitirse luego vivir en ninguna de ellas. Porque la burbuja no la pincha ni dios. Lo dicho, la perpetuación de la pirámide. Démosle gracias.
O el poder de la radio. Amanece con la noticia de la muerte de Carlos Llamas, el director del programa Hora 25 de la SER. Lo cierto es que consterna, más cuando te tragas casi toda la programación que va dirigida a él, horas y horas de homenaje repleto de emotivos testimonios de compañeros, amigos y oyentes. Yo fui uno más de esta nutrida legión de fieles, aunque reconozco que me desconecté por completo del programa tras la victoria socialista del 14M. Y tampoco es que fuera fan, ni mucho menos. El señor Llamas nunca me hizo tilín y alguno de sus tertulianos llegaba a exasperarme. Aún así, escuchar los duelos entre Miguel Ángel Aguilar y Carlos Mendo merecía la pena. Durante los últimos meses del gobierno popular, Hora 25 ocupó un lugar decisivo en mi parrilla personal, en mi agenda diaria. Sus duros análisis de la situación política respecto a temas como la guerra de Irak o el 11M alteraban mis pensamientos. Hasta casi me quitaban el sueño. Y esa relación íntima es la que me lleva a escribir esta reflexión. La emoción que provoca la radio es incontenible. Yo escuchaba más a Carlos Llamas que a mi propia madre, pero nunca charlé con él. Su voz, como la de tantos otros, penetra en nuestra conciencia cotidiana sin que nos enteremos. Y, al final, como pasa hoy con esta triste noticia, te das cuenta de que forma parte de ti mismo. Sientes la pérdida aunque hacía ya mucho que no encontrabas su nombre en las sintonías. La radio es poderosa, es el medio más caliente, más personal, más humano, más cercano, más inmediato y con el que mejor se puede combatir la soledad. Pero se guarda para sí todos sus secretos.
No se crean, no se nos pasó dar cuenta del cincuenta aniversario de la publicación de On the Road, la novela de Jack Kerouac. La biblia de la generación beat aún resuena en mi memoria como en la de todos aquellos que la vivimos con el entusiasmo de la juventud. Esa mezcla de ingenuidad pura, de libertad abismal, con altas dosis de desesperanza impregnó los pasajes de Ginsberg, Burroughs y Kerouac. A su vez, nos la transmitieron y nos convertimos un poco por dentro en seres a la búsqueda furibunda de una carretera sin señalizar. Por fuera, nuestra cotidianeidad. Siempre recordaré la imagen de Sal Paradise tumbado en el techo de un Ford cara al cielo negro de la noche. Siempre nos quedará Charlie Parker.
“Aquella gente nos vio bajar del coche con gran alivio en la esquina de la 27 y Federal. Nuestro maltrecho equipaje volvió a amontonarse en la acera: todavía nos quedaba mucho camino. Pero no nos importaba: la carretera es la vida.”
“Primero vivir y más tarde escribir acerca de lo que uno ha vivido”
Casi con esta frase, José Ribas cierra la encomiable reconstrucción de una parte de su vida que es coincidente con la andadura de un país en plena ebullición. Los 70 a destajo es un libro cuyo juego de palabras encierra el frenesí de un hombre durante una transición fraguada a lo largo de intensos años de vivencias, experiencias, ilusiones, sueños y frustraciones. Sus memorias son las de una generación que vivió la vida a dentelladas. Y se trata de España, no de otro lugar.
Devorar las páginas de este tour de force lleva al lector, novato o incrédulo con según qué episodios de aquella fase de nuestra historia, a descubrir el alumbramiento de la revista Ajoblanco, un proyecto liderado por el propio Ribas desde casi su adolescencia y que supuso un hito en la concreción de un producto libre y libertario. Un movimiento sincero enfrentado al individualismo y nihilismo anglosajón, asumido también como superación de un hippismo ya resuelto como ineficaz. Las teorías libertarias expuestas en la revista se hacían eco de la nueva arquitectura, del urbanismo de “La cuidad del hombre”, de la sexualidad libre –que no meramente hedonista-, de los ateneos espontáneos, de la ecología, del humanismo y de la antipsiquiatría.
Pero este recuerdo se expone mediante la implicación sentimental del autor a través de un repaso a su evolución personal. Primero su educación religiosa, luego su vocación universitaria, su relación familiar, sus amigos y amores, sus encuentros fortuitos, las idas y venidas de personajes inolvidables para él y, a veces, cercanos a nuestro conocimiento, sus pensamientos más íntimos, sus complejos y sus fantasmas. A tumba abierta, José Ribas se abre en canal y consigue conectar con mecanismos adormecidos en nuestros imaginarios. La juventud de hoy no es la de ayer, el grado de intervención en la sociedad, la capacidad de mimesis, el apoltronamiento, la desidia, todo varía en función del momento y de otros muchos factores. Sin embargo, algo conecta con nosotros mismos.
Además, revela el politiqueo en el seno de la universidad, la lucha obrera y la importancia desposeída del sindicato anarquista de la CNT. También desenmascara a los leninistas, apunta el exacerbado dogmatismo de la gente de El Capital –véanse aquí tanto marxistas como capitalistas-, resucita el teatro social, desmitifica actores y momentos de nuestra intocable transición democrática, rememora los asesinatos de Atocha y del anarquista Puig Antich, celebra las Jornadas Libertarias Internacionales, el Canet Rock y la vorágine roquera, la convivencia con las drogas y la posterior caída a los infiernos de la heroína, denuncia el engaño de las socialdemocracias y la infiltración de los grupos radicales para desactivar el movimiento libertario, escenifica la conexión siempre fructífera entre Madrid y Cataluña, sortea el excesivo culturalismo, aboga por la eliminación de la jerarquía, describe las comunas de Ibiza, Menorca y la Costa Brava, abraza la homosexualidad con ternura y vértigo. Siempre es su punto de vista, claro está, pero nos vale.
Como muestra de su declaración de intenciones, vale este extracto de una conversación con su padre: “Y que hiciera la revista siguiendo el dictado de mis convicciones, que él también las había tenido y que si yo era verdaderamente anarquista siguiera la moral libertaria, pero que no me dejara embaucar por ningún tipo de violencia ni extremismo. Insistió en que la violencia era el peor rasgo del ser humano y que jamás la usara para imponer mi credo a quienes no pensasen como yo. Le respondí que lo que pretendía era divulgar ideas y cultura libre y que la universidad me había enseñado a despreciar la demagogia y el autoritarismo. Le dije que a mi me interesaba promover una revolución cultural que hiciera el mundo más justo y vivible y que no me iba el papel de controlador ni creía que las élites tuvieran que inventar el futuro del pueblo. Supongo que le enterneció mi ingenuidad.”
He aquí la esencia de unas personas que no sólo soñaron con un mundo diferente, sino que lucharon por él.
Entre recomendación y recomendación, una reflexión. Así somos de apañados. Un debate en una emisora de radio centra sus comentarios en la nueva mutación que el mundo del periodismo está sufriendo en los últimos tiempos al hilo del secuestro de la niña inglesa. No se necesita dar el nombre porque a pesar de que, a buen seguro, hay más de una niña inglesa secuestrada, sólo una es foco informativo.
El debate no puede sernos ajenos. Se trata de un caso de intoxicación global. Nos afecta a todos. Medios de comunicación de todo el mundo transmiten veinticuatro horas desde el lugar de los hechos. Voces de todo calado dan su opinión en base a no se sabe qué indicios, pistas o certezas. Y, aunque el matrimonio protagonista ha atomizado el acontecimiento como ningunos otros padres con anterioridad, la calle a través de los detonadores mediáticos ha comenzado su feroz proceso de trituración. El linchamiento está servido. Uno más. Alguien desde algún micrófono irresponsable salta la liebre y el rumor se convierte en inflamable. Si el deporte de la sociedad consiste en criticar y ese deporte se practica en nuestros platós, ¡quién nos va a parar ahora!, podrían decir los directores de cadenas y programas.
El juicio paralelo parece cosa de toda la vida pero la tendencia a añadir enésimas dimensiones accesorias a las noticias en sí mismas parece no tener freno. Los afectados ya ni siquiera recurren a los agentes especializados en resolver los problemas a la manera tradicional. La confianza se traslada directamente a los medios para que sean ellos los que activen el altavoz y apliquen la presión necesaria. El estado de derecho, por tanto, parece rediseñarse pues los pasos y las prioridades se intercambian. La justicia pierde pegada y credibilidad. El peso de la voz televisada lo es todo.
La mutación consistente en orientar el Gran Hermano a distintas esferas de la realidad y ampliar su lupa, desvirtúa hasta la náusea el concepto del periodismo. Casi no hay una profesión en la que en el mismo saco quepan actores tan dispares. Lo mismo vale un titular de la BBC que una cámara oculta del Tomate. Y, como bien apuntaba con valentía Juan José Millás en dicho debate, a veces todos formamos parte del mismo circo, aunque nos creamos distintos y pensemos que nosotros actuamos en el Cirque du Soleil. No, en realidad somos funambulistas, magos, leones desdentados, payasos tristes o público con algodón de azúcar del mismo circo de mierda.
Para aquellos que se fíen de este espacio no deben dudar en echar un vistazo al colosal libro Obey: Supply & Demand. The Art of Shepard Fairey. Los más tiernos grafiteros puede que desconozcan la historia de este tipo que no es sino la historia del arte urbano en sí mismo.
En su natal Providence, allá por 1989, empezó a empapelar las paredes con unas pegatinas anónimas, muy especiales. El trazo grueso en blanco y negro del gepeto del luchador francés Andre the Giant (aquel de la Princesa Prometida) pronto recorrió el imaginario colectivo como un experimento social en el que el autor quiso palpar la reacción de la gente ante la invasión de esta marca desconocida. Casi 20 años después, Shepard Fairey es un capo del diseño underground y su movimiento GIANT ha viajado por todo el globo y ha evolucionado en todas sus manifestaciones.
El arte de la plantilla está a la orden del día y él fue casi el pionero. El libro desmenuza su obra a través de nueve capítulos de secuencia cronológica, desde sus comienzos a su expansión global en forma de merchandising, camisetas, pósters, carteles de conciertos de rock, portadas de discos y hasta intervención en museos y galerías de arte.
Un recorrido fascinante por la historia de la propaganda urbana en un libro primorosamente editado que incluye declaraciones de popes como el artista Banksy o el crítico Carlo McCormick. Imprescindible.
No es que nos haya afectado tanto el aniversario de la muerte del pobre Elvis como para no haber encontrado en todos estos días nada potable que llevar a este bloc bitacoriano. No es eso. Y no es para tanto. Simplemente, la vida a veces no te pide este tipo de ajuste de cuentas periódico.
Escribo esto no sin rumbo fijo, pues el motivo que me impulsa de nuevo a este confín de la nada es escuchar en las ondas precisamente un espacio de intimidad a medianoche, un reducto al final de la calle llamado La Madriguera, el nuevo programa de Diego Manrique, esta vez en RNE 1. Como complemento a su Ambigú, esta vez el periodista nos abre la puerta de un club distinto, más pausado, abierto al susurro de otros temas colaterales a la música, y un club donde se fuma más. El humo del tabaco no se empasta en el decorado tan bien como a estas horas de la noche.
La Madriguera se estrena hoy y ya nos ha puesto a tono. Un poco de Sinatra, otro poco de la Fitzgerald, un tanto de Dean Martin que sirve de preámbulo a una disertación sobre lo cool… No ha querido abrir parloteando con una declaración de principios. Sus intenciones han quedado bien claras. Ha venido a interrumpirnos la velada con un telón confidente y que promete ser fiel. Larga vida a La Madriguera.
¿Puede parecerse la nueva Joni Mitchell a la canaria Rosana? Perdón.
Siempre me prometí a mi mismo que cuando cumpliera 30 años viajaría a Graceland y visitaría la tumba de Elvis. Creo que la promesa se verá incumplida. Hoy se cumplen precisamente 30 años de su muerte, una semana antes de mi 30 cumpleaños.
Tal vez este dato casual, el de la cercanía de fechas, haya influido a lo largo del tiempo en mi vinculo personal con su figura y con su música.
Elvis siempre ha estado ahí, desde que tengo conciencia. Antes todavía que Beatles o Stones y todo el batallón preheavy de los setenta, Elvis Presley ya inundaba de canciones e imágenes mi cabeza.
Tampoco he sido nunca un fanático. Ni un pirado impersonator. Ni siquiera un devorador de su biografía. Simplemente estaba ahí, formaba parte de mi universo vital y casi siempre le anteponía a cualquier otro referente musical. No le adoraba, tan sólo le respetaba y era mi número uno a la hora de perpetrar sus standards en la ducha. A veces, incluso, me daba fuerte por su época gordinflona de Hawai o Las Vegas, pero nunca he negado su grotesca caída libre, su delirante tramo final, la vergüenza ajena que provocaba su sola presencia sobre el escenario.
Pero era el jodido Elvis Presley y su vida era el rock. Siempre estará ahí.
Una mujer en ropa interior está en la cama junto al cirujano plástico Christian Troy. De repente, nuestro hombre dice:
– Cuidado con los dientes ahí abajo, cariño.
De “ahí abajo” aparece otra mujer, más joven. El hecho es que las dos mujeres son madre e hija. La madre opta entonces por instruir a su retoño en el arte de la felatio. La niñita, jugueteando ahora con el pecho lobo del médico, intenta besarle. Sin embargo, éste rehuye el contacto. Le da repelús después del sexo oral, anal y total. Ella se escandaliza y se lo chiva a su mami.
– O sea, que nuestras lenguas están bien para metértelas en el culo pero no para metértelas en la boca. – Le espeta ella. – Hija, ¿sabes qué mujeres no dejan que se las bese? Las putas. Y nosotras no somos putas.
– A lo que él responde. – No, tú eres la madre del año, no te jode.
Este diálogo está extraído del capítulo de ayer de NIP/TUCK, o lo que es lo mismo, A Golpe de Bisturí, serie que emite la inefable Telemadrid. Los más madrugadores puede que desconozcan el encanto de una más de las producciones que me suele quitar horas de sueño. Una más, sí. Miami es el glamouroso escenario donde dos amigos regentan una clínica de cirugía plástica. Dos amigos antitéticos. Sean McNamara, el más sensato, lidera una familia disfuncional; Christian Troy, el más insensato, vive a todo tren tirándose a los “mejores culos de South Beach” (palabras textuales). La serie exhibe un halo de savoir faire acorde al de este personaje y compagina drama y humor negro en dosis alternas. Problemas de orientación sexual, madurez, amistad, misoginia, autoestima... Una coctelera de lo más atractiva, capaz de seducir entre otras personalidades a Kathleen Turner o a Brooke Shields, dos invitadas en el capítulo de ayer. El estilo directo y afilado de sus diálogos y tramas se ve corroborado por escenas subidas de tono y secuencias de quirófano asquerosas de cojones. El celofán lo pone una banda sonora exquisita.
Ahora que tú, querid@, te emperifollas cuando cae la tarde y te dispones a pasear tu esqueleto por las terracitas más chulis de tu pueblo, tienes dos fuentes de información y consejos para vestir, hablar y fardar a la última. Por un lado, Cool Hunter, que como su propio nombre indica anda a la caza del garito, espacio, tienda y gadget más fashion. Por otro, el blog de Oswaldo Cornelius, principal artífice del repuesto fanzine Le Bon Vivant, un descacharrante y profesional esfuerzo por llevar la vida de los freaks norteamericanos más famosotes a la rutinaria y mísera existencia del populacho hispano.
¡Ya no tienes excusa para no parecerte a la Posh Spice, pues cualquier pocholada, cualquier cotilleo, cualquier memez de vida o muerte, puede ser tuyo!
Verano infernal, calor pegajoso. Incendios en las islas. Cortes de electricidad en la urbe. Obras sempiternas dale que te pego. Regresar de vacaciones siempre supone un trauma y más cuando el lugar de aterrizaje es Madrid, el foro español recalentado. Tras nuestra visita anual al desierto almeriense, ya sólo nos queda el Tomate para refrescarnos por las tardes. Bueno, el Tomate y el Cuore, una revista de la que recomendamos especialmente su reciente Especial Aarg. Nicole Richie, Kate Moss, Lindsay Lohan, Sienna Miller, Mischa Barton, Victoria Beckham, Mary-Kate Olsen, Britney Spears y, la reina entre las reinas del cutre-glamour, Paris Hilton, forman parte de la lista de la nueva realeza y este número veraniego saca lo peor de todas ellas. Una delicia ideal para constatar que el famoseo luce un envidiable nivel de oligofrenia. Un bálsamo para combatir el calor.
Para engañar a los sentidos, recréense con la visión de la Playa de los Muertos.
Más de 500 demandas de abusos sexuales en la arquidiócesis de Los Ángeles vuelven a situar a la Iglesia católica en el ojo de un huracán del que parece empeñarse en no salir. Por un lado, la ley norteamericana permite alcanzar un acuerdo económico entre las partes y así no juzgar a los culpables como sería lo lógico. Basta con cambiar al pedófilo de parroquia y, a veces, ni eso. Por otro, la exposición de estos escabrosos sucesos en los medios de comunicación obliga a los jerifaltes eclesiásticos a dar la cara. Pero, lejos de zanjar la cuestión con declaraciones y decisiones ejemplares, optan por encubrir su propia mierda hasta que el personal ya no puede soportar el hedor. El nuncio del Vaticano en España se expresó ayer en estos términos: En otras entidades, una persona que ha tenido un accidente, que ha tenido ese defecto, se procura corregir. El obispo lo lleva, por otra parte, procurando ayudarle sin echarlo, y en cambio se hace una página entera, eso se llama discriminación. Accidente. Defectos. Muy bonito, don erre que erre. Con estas intolerables actitudes, la curia cava a destajo la zanja de su propio descrédito, incluso el que fomentan en los propios creyentes, irrevocables en su fe pero un poco más desconfiados día a día en un sistema politizado y radicalmente empecinado en abochornar la razón más elemental. Resulta imposible conceder el más mínimo beneficio de normalidad a una institución avocada a su juicio final. El mismo que no reconocen para sus colegas pederastas. El mismo al que se oponen y que separaría inocentes de culpables a ojos de la bendita ley terrenal.
Una prueba más de que ya va siendo hora de toparnos con un gobierno que de una vez por todas ponga en su sitio a la jerarquía católica. El zapaterismo, ese que ha sido demonizado por sotaneros y coperos en base a su ateísmo y a su fundamentalismo laicista, también es el mismo que no ha sido capaz de frenar el avance de las ansias recaudatorias de la Iglesia, adherida sin remisión al concepto de Estado con su consiguiente cuota de poder intacta. Ese bien común representado en la expulsión de todo catecismo e incienso del paraíso del gorroneo y la buchaca no es patrimonio de izquierdas ni derechas. Tan sólo pertenece al recto pulso de una administración sensata y valiente.
Ayer tuvimos la ocasión de comprobar el magnífico estado de forma del reverendo Al Green. A su paso por el festival Via jazz, el tipo se marcó una actuación estupenda, plena de entusiasmo, sonrisas, bailoteos seductores y falsetes marca de la casa. Bajo el abrigo de una banda poderosa, All Green demostró que sigue siendo algo así como el hilo de seda del soul (como bien podría decir Andrés Montes). Para muestra, un botón youtube.