La Fábrica Editorial ya tiene en los quiscos el segundo número de la revista Room, un proyecto en el que tengo la suerte de colaborar. Contenidos culturales, firmas de relumbrón, hoteles recomendables y una presentación cuidada. Háganse con ella, en este nuevo número trimestral, el gran fotógrafo Ramón Masats es el protagonista. Sus negativos y contactos publicados en el libro Los Sanfermines se recuperan para la ocasión. Fotazos de la fiesta en pleno franquismo mantienen toda su fuerza, ganan con los años. Un blanco y negro de época, elegante y directo, a la altura del reporterismo más certero.
Me acerco estos días de fiesta –así somos los de nuestra estirpe, que no paramos- a la ciudad del Túria con la curiosidad de descubrir la nueva ciudad lanzada al estrellato de la modernidad y la vanguardia gracias al impulso de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias y a la Copa América de Vela. Tenía muchas ganas de comprobar el asalto de la ciudad al podio repartido entre Madrid y Barcelona, pero mis expectativas se vieron frustradas. Poco recordaba yo de una ciudad que no visitaba desde mi infancia, y de aquella permanece intacto su aireado sentido mediterráneo, su luminosidad, su amplitud de avenidas, sus plazas, sus puentes, sus relucientes edificios modernistas, por entero la ciudad marinera. No acudía yo a la caza de la lonja, el mercado, la catedral y la basílica, sino a la de la nueva urbanidad, el desafío tecnológico y arquitectónico, a la caza de la revolución valenciana. La Valencia historicista y fallera se aparta tras dar cuenta de horchata, helado, granizado, calamar y arroz meloso, y me apunto a recorrer el antiguo cauce del Túria hasta darme de bruces con los retoños de Santiago Calatrava –el Palau de les Arts, L'Hemisfèric, L'Oceanogràfic...-, la Ciudad preámbulo de la ruta de la Valencia del tercer milenio. Reconozco que me dejó frío como una sepia pero también reconozco que la observé de soslayo, sin adentrarme en el recinto. Ya veré los delfines cuando tenga prole y así podré juzgar con más garantías. El caso es que solo me quedaba enfilar el puerto y tantear la efervescencia provocada por el vuelco definitivo al mar desde un rediseño de la entrada a la Malvarrosa. Ná de ná. En honor a la verdad, no ayudaba a la clarificación de la estampa el follonaco de los preparativos para el circuito urbano de Fórmula 1 -más a la buchaca-, pero no es excusa. Las dársenas destinadas al ocio nocturno me parecen desaprovechadas y, aunque cumplen su papel con una buena funcionalidad de servicios, no deja de ser un apaño al estilo del Maremagnum barcelonés. Mucha silicona, mucho dj, mucho ambientazo, pero poca miga, poco estilo. Y poco mar. Mi estupor queda constatado al día siguiente cuando, casualidades de la vida, la edición valenciana de El País incluye un artículo dedicado precisamente a eso, al mucho nombre y marca de la última ciudad y a su escasa chicha. La sensación es palpable, aquí se ha invertido en marketing pero no en soluciones y audacia. Y a la gente le ha debido salir por un ojo de la cara, pues apenas tres días de garbeo me hacen colocar a Valencia como la ciudad más cara de España. Estar de visita en la ciudad cuesta lo suyo y no se ajusta a lo prometido. Además, doña Rita, si se dedica a recaudar en la hucha del parquímetro incluso en las tardes de agosto –insisto, ciudad desierta- es para que por lo menos perfume las calles pues apestan de lo lindo gracias, supongo, al calor, la humedad y a una deficiente red de alcantarillado y cañerías. Eso sí, una recomendación: restaurante Sangoreneta, en la calle Sorni, 31. Alta cocina en un local íntimo y bien atendido. No perderse su steak tartar con helado de torta del casar y crujiente de parmesano, ni sus texturas de chocolate, ni sus quesos artesanos, ni... Estupendo.
Como sabemos que nos han echado de menos, no quiero dejar pasar ni un instante más sin levantar la barrera de clausura por vacaciones en este foro repampaguente. Resacoso y exhausto, uno afronta la vuelta al cole con poco ánimo y justita ilusión. ¿Qué hacemos aquí otra vez? Sentar cátedra, pensarán. Instruir y encauzar conciencias, se dirán otros. No les falta razón, pero es que no apetece ni gota, oigan. En fin, con México perdido en lontananza, pero intacto en nuestro corazón, y también bien metidito en nuestro hígado, páncreas, estómago y conductos intestinales, aquí estamos de nuevo para dar cuenta de algunas desventuras, de historias propias y ajenas, de dislates comunes y pasiones variopintas. Y la primera en la frente, pues el lunes amanecía con la triste noticia de la muerte de Isaac Hayes, uno de nuestros padrinos en el arte amatorio y de la canción orquestada. El pobre nos deja a unos tiernos 65 años. No somos nada. Me acuerdo de su decepcionante show en el Via Jazz de Collado Villalba hace unos pocos veranos y me entristezco. Del fucker sedoso y del Moisés negrata quedaba ya bien poco. Pero basta de desgracias –qué es una guerra de pelo en pecho como la de Osetia o qué es perder esperanzas de medalla en tiro con arco- porque todavía perdura el recuerdo de un mundo extraño y freak donde los haya, de licores de hombres y de melodías sentidas, de paisajes rotundos y clima hostil. México lindo y querido, les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado (grito de mariachi de fondo). Pues eso, ahí queda.
Esta bonita y entrañable expresión de nuestra adolescencia moratalazí me sirve para anticipar la próxima aventura. Destino: México lindo y querido. Casi me despido de esta bitácora hasta primeros de agosto, con la esperanza de regresar más sabio, más viajado, más guapo y más feliz. Traeré conmigo los restos de la batalla, y no me refiero a nada relacionado con esta hermosa imagen de un pedazo de peyotón. No se apenen, en breve estaré de vuelta.
Sigo trapiñándome la biografía de Robert Capa, publicada en 1985 por Richard Whelan, y me asalta la necesidad de ver su vida trasladada a la gran pantalla. Se lo comento a un colega y barajamos un par de nombres para meterse en la piel de este auténtico personaje del siglo XX. Para mí sólo puede ser Michael Imperioli, nuestro Christopher Moltisanti de nuestras entretelas; a mi colega se le ocurre Adrien Brody. Premio para el caballero, pues al parecer el señorito a una nariz pegado –ahora también vale lo de “a una Pataki pegado”- está medio fichado para protagonizar un posible biopic escrito y dirigido por el cotizado guionista Menno Meyjes (Ricochet, Indiana Jones y la Última Crazada, El Corazón Púrpura, Manolete, El sueño del Mono Loco...), y con la también participación de Natalie Portman en el papel de la amada de Capa, la fotógrafa Gerda Taro. En realidad el proyecto lleva en nevera desde el año pasado. Veremos...
Hacía calor. Aquel 24 de junio hacía calor. Yo era un enano de siete años y no podía más de los nervios. Recuerdo vivir de pie la tanda de penaltis a escaso medio metro del destartalado televisor en blanco y negro de nuestra salita de estar. En mi casa la tele en color no entró hasta los noventa, y ya del vídeo ni les cuento, por lo que mis recuerdos infantiles asomados al mundo –el 23-F, la tragedia de Heysel, la chufla de Malta, Barrio Sésamo y la Bola de Cristal, 3, 2, 1 contacto...- tienen algo de posguerra. Además, aquella salita empapelada con motivos setenteros y presidida por una mesa camilla se convirtió años después en mi habitación, una vez el niño se hizo mayor y necesitó más espacio e intimidad. El caso es que hacía calor, yo estaba nervioso y España se jugaba el pase a la final de la Eurocopa del 84. No me acuerdo del partido en sí, de que nos metieron un buen meneo ni de que Arconada hizo más que nunca de tigre del Igueldo. Únicamente el flash que lleva todo este tiempo encendido en mi memoria como si fuera ayer responde al momento en que Arconada se pilla un rebote mayúsculo porque el penalti que acababa de parar a Laudrup –por aquel entonces, para mí, un fulano más-, y que nos metía en la final, se tiene que repetir porque al árbitro se le pone en las narices. El portero zarandea al colegiado, lo que hoy hubiera significado cárcel segura, y se tiene que tragar el momento y el penalti repetido, que esta vez sí entra. De Lerby y Víctor no me acuerdo, ni siquiera de Elkjær mandando el balón al cielo de Lyon y, para qué os voy a engañar, tampoco de Sarabia cogiendo carrerilla para marcar el gol que nos clasificó. De lo que sí me acuerdo es de mí mismo asomado a la ventana de la sala berreando gol como un pirado. Y de mis padres felices porque yo era feliz. De la final me acuerdo menos, fíjense qué cosas.
Aquel equipo, para los de mi generación, tenía algo que no ha podido igualar ningún otro venidero. No ya por la furia, ni porque aquellos tipos tenían bastante carisma, sino porque rozaron la gloria y yo al menos les veía como si fueran inalcanzables, con aquellos rostros un tanto embrutecidos y aquellas pintazas entre escuálidas, contrahechas y todavía desarrollistas. Con sus pantaloncitos por las ingles y las pantorrillas como muslos de pollo. Yo quería ser Quini, Marcos Alonso o Arconada. Ya era culé pero no me hubiera importado ser Santillana. Parecía que tenían mil años y les admiraba. Años después, vinieron otros jugadores, otros equipos y otros glamoures. Uno empezó a perder la inocencia del niño jurgolista –en cuanto se dio cuenta que de jurgolista, ná de ná, que igual fumeta o periodista-, y la ilusión se quedó por el camino. Las edades se fueron equilibrando y ya Zubi, aunque viejo y feote, no parecía tan inalcanzable. No digamos Salinas o Hierro. Más bien no querías alcanzarlos. Y, de repente, sin esperarlo demasiado, un nuevo equipo te pone en una tesitura similar a la que viviste aquel 24 de junio. Y los golfos son más o menos de tu edad, la mayoría más jóvenes. Qué movida, qué alboroto. Ya no les admiras, ahora les envidias.
La cosa pintaba rara. Todo iba como la seda. El mal fario se disipaba. Mirar un partido y estar convencido de que se va a ganar. Qué extraña sensación. En mi mundo, que es el mundo del pesimismo o del optimista bien informado, afrontar una situación así resulta algo inédito. Un movidón, vamos. El quejas se transforma en el que insufla confianza y arenga para mantener la fe. La fe, qué cosas. Cosas de otras cosas. Y van y ganan. Y sale hasta Arconada. Y vuelves a ser niño. Y hasta te emocionas. Y te emborrachas. Y al día siguiente, en mitad del lunes, la resaca te desconcierta y tardas un rato en acordarte de qué va la historia. Y, claro, vuelves a flipar. Porque no es el día del alzamiento nacional, no. Sólo es fútbol. Todo es fútbol. Del todo mal al todo bien.
Pues eso. Lo mismo vale ayer que el domingo. La reflexión anterior sirve para recuperar el esplendor de la competición aplicada al deporte. Encajar mental y físicamente en una disciplina que te permita aspirar a estar más arriba que nadie es un privilegio. El don dura poco, apenas unos años en los que los aspirantes apuestan por ser los elegidos. Muchos se quedan en el camino, y la mayoría ni siquiera consiguen llegar a él, tan sólo sueñan sobre la almohada. Los que cruzan la meta encarnan el sacrificio, la ilusión y el talento de tantos y tantos caídos, y son orgullo de otros que se ven reflejados en ellos. Un orgullo inexplicable, intangible, a veces sonrojante, pero evidente a flor de piel. Es el proceso de identificación con el ídolo atleta. Lo mismo da si se trata de Mark Spitz, Carl Lewis, Van Basten, Quini, Maradona, Fernando Martín o Di Maio. La mística del deporte puede estar a la altura de la de cualquier otro mundo. Querer ser Keith Richards, Robert Capa o Errol Flynn. Querer ser el goleador del Mundial. Meter la canasta en el último segundo. Batir el record. Escuchar los aplausos. Este próximo domingo se cerrará un nuevo capítulo de esta mística grandiosa. Otra vez a jugar. Y, a lo mejor, ganar.
Hasta el más perdedor de los hombres escoge bando y arroja sus dados sobre el tablero. ¿Qué sería de nosotros si no estuviéramos a uno u otro lado? Poseídos por la neutralidad, actuaríamos con el autoritarismo del árbitro. Seríamos dictadores. O, peor, desplazados, arrinconados, expulsados. Seríamos minoría, pero minoría forzosa. Da igual el deporte o el juego. Incluso el amor cuenta con reglas similares. Y, aunque lo importante es ganar, la victoria solo tiene sentido si se ha jugado. Previo a la partida, ni siguiera importa el después, trascender o morir en el olvido. Importa jugar. Estar ahí. Participar. Por mucho que la razón juegue malas pasadas y parezca ponerse del lado de un ente superior ajeno a las miserias de la contienda, no hay nada más humano y racional que la fuerza de la disputa. La guerra no ofrece al juego más que terreno vil y necio, pero en su lugar cobra sentido la apuesta a todo o nada de un partido. La vida es eso y poco más. Jugar. Sean de Rusia o de España. Vayan –es decir, jueguen- con los rusos, o lo hagan con los españoles y nacionalizados como tal. Da igual. Escojan y vivan el partido. La derrota será la muerte, pero la victoria también significará morir un poco. Lo dicho: como la vida misma.
Hace tiempo ya versamos sobre el efecto de la caída del tupe de Nick Cave y la putada que representa para la imagen del rock esta lacra aún sin resolver. Siglos de crecepelos, potingues, remedios de charlatanes y falsas esperanzas, muchas faltas de esperanzas. En fin, menos mal que nos quedó el tupé de Elvis, de Yves Montand, de Brian Setzer o de Robert Gordon. Sin ellos, el rock sería más feo, sin duda.
En la web de Mike Ness, líder de Social Distorsion y una de nuestras inspiraciones personales, encontramos algún documento del encuentro el pasado mayo en Asbury Park de Ness con Bruce Springsteen. El cabroncete de Nueva Jersey sigue con un aspecto impecable y, sobre todo, con la cabellera perfecta. ¿Implantes, tal vez? Sin embargo, Mike Ness no puede decir lo mismo y es que hace ya tiempo que se le cayó el último mechón de la frente. Aún así, para nosotros sigue molando taco. Mientras sus tatuajes no destiñan, se podrá seguir afirmando lo que una vez escuché decir a un tipo: “Mike Ness y Social Distorsion no son un grupo, son una religión”.
Ya están aquíííí... Ni crisis ni hostias. España está de nuevo en cuartos de una fase final y, para seguir la tradición, el cruce está a la altura. Una vez más, el domingo por la noche la frase más repetida en millones de hogares de nuestra querida España será “toda la puta vida igual”. Sí, amigos, porque por mucho que algunos confíen, por mucho que nuestros jugadores estén curtidos en algunas grandes batallas, por mucho que el gran Pirlo y el inefable Gattuso no puedan comparecer, lo cierto es que me imagino a nuestros tiernos Silvas, Iniestas y Torres mirando once camisetas azules pero once caretos de Tassotti. Y eso es para cagarse de miedo.
En fin, exorcicemos el espíritu del maligno recreándonos una vez más con uno de los episodios más simpáticos de nuestra divertida historia futbolística. Qué gran país el nuestro.
PD. Imaginen al tallo Toni entre nuestros centrales atontolinados. Ahora sigan trabajando.
Los hay que en calma chica se dedican a la merienda de negros y, durante la marejada, cuando quedan pocos negros o éstos tienen hambre, exigen que se les engorde para la próxima merienda.
"Tenía una granja en África". Siempre asociaré esa frase siseada por Meryl Streep a uno de los momentos más soporíferos que he vivido nunca en un cine. La cuestión es que yo apenas tenía 7 años y mis padres me habían prometido que aquella película, Memorias de África, iba de safaris, fieras salvajes y mogollón de acción. El chasco fue bestial, incluso mi padre me acompañó en el aburrimiento, pues nunca ha sido un romántico, y nos tuvimos que rendir a que esa noche la estrella fuera mi madre, fan acérrima de la actriz, loquita desde siempre por los huesos de su confidente Robert –ella nunca utiliza apellidos si de sus amores platónicos se trata-.
Años después, cuando empecé a formar mi conciencia cinematográfica supe del tal Sydney Pollack y, aunque nunca le perdoné del todo aquella interminable sucesión de planos maravillosos, de miradas ateridas de pasión, y de sentimientos a flor de piel -¿cuándo diablos se zampaba el león a la Streep?- reconocí a un director supremo, uno de los grandes de los últimos tiempos. No quiero alargarme más en esta reflexión, así que lo mejor es leer el brillante homenaje que Carlos Boyero ha firmado en El País para recordar la figura de este hombre de cine –yo siempre le ví como un hombretón- y así la próxima vez que echen la peli por la que yo puse por primera vez los pies en la butaca de delante a lo mejor hasta me la trago con anuncios y todo.
Madrid, camino de ser sede olímpica. Y dale. Qué empeño. Faltan dos horas para que mi despertador me interrumpa el sueño, suena el teléfono fijo y al descolgarlo una voz crispada me desvela con increpaciones confusas. Se ha equivocado. Vuelvo a la piltra y una hora después, un martillo neumático se apodera de mi calle y taladra mi sensible cabeza sobre la almohada. Mil y un insultos dedicados a la empresa responsable. Comienza el día en mi ciudad. Una mañana cualquiera, un amanecer común a miles de ciudadanos enajenados y a mil por hora camino de las Olimpiadas. Madrid lleva tiempo siendo una ciudad cada vez menos amable, más ruidosa y contaminada, más poblada de cláxones, gritos y miradas inyectadas en sangre. Volver de una tierra de silencio redescubre este panorama y hace constatar que, por muy suave que uno aterrice, el suelo firme vibra que te cagas y te vuelve a poner en órbita de estrés. El espíritu olímpico debería incluir entre sus premisas la proyección de una forma ejemplarizante de vida, pero con Madrid –no me meto con Londres, Nueva York, París, Tokio o la misma Pekín, escenario de muchos otros pecados- el espejo se nubla y a saber qué imagen es capaz de reflejar. Si una ciudad son sus ciudadanos, aviados estamos. Nuestra concejala, doña Ana Botella, Delegada del Área de Gobierno de Medio Ambiente y segunda Teniente de Alcalde de Madrid –glups!!!- no está dispuesta a pinchar su burbuja de laca con la que congela a diario su mata de pelo y su sonrisa de lata pero es intolerable que no reconozca el Madrid irrespirable y claustrofóbico, y no contribuya –por ejemplo acompañando a su marido a la Conchinchina- a mejorarlo en absoluto. Porque soy de la opinión de que los decibelios deberían estar reservados a la esfera de lo privado, casi como prescripción facultativa que incluya escuchar de vez en cuando a Motörhead a todo rabo, como magnífico y eficaz depurador de impurezas.
Por una ciudad más habitable, saludos desde la ciudad del ruido.
Parece que fue ayer cuando despedí a Mariano, le deseé suerte y me dispuse a lanzarme a la carretera como un poseso en pos de unos balsámicos días de asueto. Hoy vuelvo a levantar el cierre de esta bitácora y la realidad nos da la bienvenida entre mamporros y titulares: la situación del señor Rajoy estable pero todavía crítica, la Obregón en el punto de mira, Obama que está que lo tira, Pepu a la calle, y Bo Diddley caput, además de Yves Saint-Laurent. Qué bien se vive sin un bonito monitor de plasma en la pared. El caso es que uno es mortal y tiene la obligación de reincorporarse a la vida ordinaria, tan vulgar como la de sus congéneres. A cinco horas y media dejo una vida de vientos y arena, la vida acariciada por las bondades del desierto almeriense del Cabo de Gata. Una rutina lánguida pero plena y muy próxima a la felicidad cierra su paréntesis hasta el siguiente capítulo, que a buen seguro será tan breve, soleado, callado y feliz como este. Como lo es siempre que uno comparte paisaje con amaneceres y puestas de sol recortadas por el brazo de un cactus, los extremos de las pitas, la silueta de un molino o una ruina aislada. Ponerse a Poniente y tostarse en carne viva, hasta las cachas. Hasta las cachas del trasero, quiero decir. Conducir por las vegas y los parajes medio congelados en el tiempo. Triscar como cabras ladera abajo hasta caer en el mar transparente. Flotar mientras un calamar pasea entre algas. Fumar un canuto en una noche nítida de estrellas. Comer. Y dormir. Y follar. Y vuelta a la rutina. El desierto no tiene mucho. Escarabajos y arañas, pedregales, poca sombra y mucho polvo, carreteras peligrosas y pueblos sin gracia. Mucho trotamundos, perro flauta, hippie con visa oro, algún tirado y poco almeriense. Algunos no encontrarán nada. Otros encontramos casi todo.
Uno que se va a tomar unas merecidas vacaciones y que renunciará a esta bitácora por unos días, ha querido que su último post hasta la vuelta, el post de cabecera, sea el que signifique nuestro apoyo incondicional a la figura de don Mariano Rajoy Brey, líder-hasta-que-se-demuestre-lo-contrario-del-Partido Popular. En unas fechas tan difíciles para él no podemos sino expresar nuestra solidaridad y cariño. Porque entendemos que no es fácil poner de acuerdo a tantas personas de mirada aviesa y, sobre todo, porque sabemos que ser foco de las iras de P.J. y Fede es motivo de intranquilidad y desasosiego, nos sumamos a su causa, la de un político que tal vez nunca debió salir de su Santiago natal. Como encabeza la wikipedia: un político español. Como representante de una filiación de vida anárquica y disoluta, sin mayores aspiraciones que la de servir a su patria desde el hedonismo y la pachorra, hago público mi hermanamiento para con sus empeños. Desde aquí, Mariano, nuestro apoyo. Un abrazo.Nos hemos permitido la licencia de diseñar esta chapa para lucir junto al corazón. En las próximas semanas y, antes las embestidas venideras, saldremos a la calle con unas camisetas que rezarán: “¿Por qué lo hacéis? Él no lo haría”, “Ánimo, Mariano”, “Todos somos Mariano”, “We Love Mariano”, “Mariano es nuestro jefe”... Se admiten sugerencias.
Así lo cuenta el blog de Darío Manrique y algún otro medio enteradillo. No sé si exagero si digo que para mí es la noticia del año, aunque tal vez tendré que esperar a verlo para poder sentenciar tal cosa. Bueno, si todo sale bien, de noticia del año se convertirá en subidón del año. Como mínimo. Y es que muchos teníamos la impresión de que Tom Waits era el último en asomarse a nuestra humilde casa, el único grande que la desdeñaba y el mito que nos faltaba en el álbum de cromos. Crucemos los dedos y recemos lo que sepamos para invocar su presencia y confirmar las actuaciones en julio del genio californiano. Aquella crónica del Popu (sí, yo leía y hasta estaba suscrito a la revista Popular 1, ¿qué pasa?) de la gira europea de Waits con su Mule Variations, la tengo grabada en la memoria. Si la que le puede traer a España es la mitad de bonita que aquella, seré feliz. Quiero ser feliz viendo a Tom Waits.
Qué bien que ustedes los sufridos lectores de este blog cuenten con un nuevo servicio de consulta y aprendizaje. Se trata de una colección de lugares de hospedaje que hemos ido descubriendo durante nuestra viajada existencia a lo largo y ancho de la geografía patria, esto para empezar, de la geografía global, más delante.
En la barra de la derecha se irán añadiendo posadas, moteles, hostales, hotelitos y mansiones que nos han dado cobijo y que creemos merecen ser puestos en conocimiento de la plebe. Otros los dejaremos a buen recaudo en nuestro recuerdo y no los publicitaremos. Cada foto de estos establecimientos conduce directamente a la web del mismo, aunque puede que también en un futuro den pie a alguna galería fotográfica llevada a cabo por nuestro equipo de arte y confección.
Lo dicho, que lo disfruten con salud y piérdanse lo más posible sin dejar de visitarnos.
Se edita por primera vez en español una de las biblias de la fotografía del pasado siglo: Los Americanos, de Robert Frank. Un suizo que quedó marcado a fuego por el blanco y negro de los Estados Unidos de los años cincuenta. Con un prólogo del mismísimo Jack Kerouac, el libro es una recopilación de una América sucia, polvorienta, cotidiana. Según sus propias palabras, en Los Americanos está "la visión beat de la realidad. Un mundo que en ocasiones se convierte en un callejón sin salida. Desde luego los Estados Unidos de aquel entonces, también los de ahora, no eran un paraíso." Vídeo sobre el libro.
Es el disco de la semana en nuestro blog. Cycles no es el mejor disco de Sinatra pero es el único vinilo que tengo de él, y es que de hecho es el único vinilo que mi padre tiene de él. Se lo arrebaté hace unos años, cuando me emancipé y, desde entonces, no he dejado de escucharlo. El cariño que siento por él tiene también que ver con el hecho de que se trata de una edición con títulos en castellano, por lo que para mí el Cycles siempre será Mi Razón de Vivir. Hace diez años yo seguía en el cubil familiar y recuerdo el día siguiente a la muerte de Frank Sinatra. Por entonces mi abuelo todavía vivía y periódicamente nos visitaba con su ABC bajo el brazo. La portada de aquel día era la más bonita del quiosco, eso sin duda. A toda página, Frank se despedía con traje y sombrero a su manera. En blanco y negro. Para siempre. Aún conservo aquella portada.
Rain In My Heart, el primer corte de Mi Razón de Vivir.
Nace Piel, la revista de arquitectura online. La arquitecta salvadoreña Ethel Baraona está al frente de este interesante proyecto, tanto en contenidos como en formato.
Hay quien me tacha de Señor Coñazo por no saber apreciar las pequeñas cosas de la vida. No saben de lo que hablan. Hoy mismo he experimentado la felicidad, o una alta dosis de la misma, con el simple hecho de bajar la ventanilla y apretar unos minutos el pedal del acelerador. Vivo en Madrid, que conste, así que ¿cómo es posible? Ni idea, pero de vez en cuando parece que la ciudad se toma un respiro y reserva un par de carriles para que uno pueda disfrutar de su circuito privado. Por problemas alérgicos que no vienen al caso hacía tiempo que no podía bajar la ventanilla y sacar el brazo a pasear, sentir la brisa polucionada en mi cara y poner a tanta perfección banda sonora de road movie. En tiempos en los que coger un coche se convierte en una odisea, en los que te juegas el bolsillo y el pellejo, se nos olvida el puro placer de conducir. A velocidad moderada, al ralentí o a 120 km/h, esa no es la cuestión, pues no soy carne de Ferrari. La cuestión es llevar el coche a tus anchas, no tocar el embrague más que para desentumecer el gemelo y recorrer el volante como si fuera terciopelo. Un pequeño momento en el que nos reconforta el mundo que nos rodea. La clave está en el camino, no en el destino. Porque en el destino no hay sitio para aparcar. Cosas que joden el placer de conducir:
- El tráfico. - El precio de la gasolina. - La compañía. A veces. - El olor a moñiga. “Huele a campo”, diría alguno. - La puta alergia que no me deja bajar la ventanilla y me obliga a enchufar el aire acondicionado. - Los tocahuevos al volante. Mil casos y mil tipologías. - Gallardón. - La DGT. - La Guardia Civil.
No es que sea un post muy original, comentar la última peli de Scorsese, la de los Rolling Stones. Pero no puedo remediar sentir la necesidad de gritar a los cuatro vientos: ¡Sois los mejores, cacho perros! Ante mis dudas y prevenciones acerca del susodicho film, Shine a Light, decidí acudir al cine. Y encima en sesión mañanera, un horario poco rockero desde luego. No puedo decir que haya recorrido el mundo viendo a los Stones, pero por lo menos les he visto un par de veces, una en tropel, otra sin tantos apretones y con los protagonistas muy, muy cerca. Sin embargo, la borrachera acabó pronto, comprendí que a pesar del buen sonido y la escrupulosa profesionalidad de la banda, los mejores años del mejor grupo de rock&roll de la historia habían pasado. Aquello pertenecía a un compromiso con los patrocinadores, a unas giras dignas pero poco estimulantes y, sí, a un desafío más con el paso del tiempo. Comprendía el fervor de la marea de fans, y el desaire de otros tantos. Por ello, y en parte por mis sospechas corroboradas por una crítica desigual de la película, me daba pereza todo. Pero fui y me comí tales sospechas, incluso las que relativizaban el peso de este documental frente a The Last Waltz. Peliculón, me repetía a mí mismo nada más salir. Peliculón. Para empezar, porque Scorsese borda un aspecto muy interesante: el de aislar acústicamente distintas piezas en el desarrollo de las canciones. Según le interesa, da más énfasis al duelo de guitarras, a la voz de Mick Jagger o incluso al coro. Resta visión de conjunto en ocasiones, despista un poco al principio, pero ilustra a la perfección el engranaje del sonido de los Stones de hoy en día y ayuda a confirmar su magnífico estado de forma. Bajo esta técnica difícilmente se podrían enmascarar posibles carencias de la banda. Todo queda al descubierto, por encima del director, los Rolling Stones. El documental agiganta la figura de Jagger como conductor total de los destinos del grupo –él es que manda, ¿quién demonios es Scorsese? ¿El de Toro qué? ¿Uno de los Nuestros? Bah- al tiempo que nos recompone el magnetismo de Keith Richards, su valor más simbólico y colosal. Los mejores planos son suyos: sonríe, escupe el cigarro, se comba sobre el escenario y el público –de casting, lo peor de la película-, se enfunda un gabán negro, canta como nunca. Más allá del bien y del mal, su papel es pura actitud, imagen de rock&roll sin aditivos, la pureza de un rostro que, como los más grandes, no es una cara, sino un mapa. La arruga es bella, amigos.
miércoles, abril 30, 2008
El fin de semana pasado se saldó con dos festines de música en vivo. Un AVE rumbo a Barcelona, unas tapas en La Boquería y derechito a Badalona, extraño escenario para volver a encontrarme con Nick Cave y sus Bad Seeds. Casi dos horas después de su irrupción en escena, la sensación fue la de haber asistido a un momento a la altura de aquellas visitas del Doctor Music o de la Riviera madrileña de hace unos años. Quizás mejor. Al entusiasmo que despertó en sus primeras apariciones en España y al romántico envoltorio de la presentación del No More Shall We Part, Cave resurge con pasmosa furia y prolífica catarata compositiva. De la gira más soulera del Abattoir Blues ha cribado la esencia más punk de sus comienzos. Y además parece haber afianzado su imagen tras su desastre alopécico. El tipo está en forma y da la sensación de que quiere aprovechar hasta el último suspiro de inspiración. Bandas sonoras, combos paralelos, festivales, giras, discos con sus Bad Seeds... Puede con todo y se afianza en las enciclopedias del rock más contemporáneo. Y, como contrapunto de su carisma y capacidad expresiva en escena, su banda de siempre arropa el espectáculo, sobrio pero directo al grano. Mick Harvey, Thomas Wydler, Martyn P. Casey, Conway Savage, Warren Ellis, Jim Sclavunos y James Johnston forman ese supergrupo. Aunque sólo Harvey le acompaña desde los inicios, todos encajan. Él es la profesionalidad, el que lidera con la mirada, el que sostiene la base musical. Warren Ellis encarna la imagen western de los últimos tiempos de Nick Cave, con el que parece compenetrarse mejor que nunca. El resto, a lo suyo, como siempre. Hombres elegantes pero duros en escena. Oscuros pero menos teatrales y grandilocuentes que su líder. Hombres con el poder magnético de la música, el de la fuerza bruta del rock filtrado a través de la experiencia y la sabiduría. Viejos y diablos. Hombres y músicos. A diferencia de Lázaro, Cave y los suyos no necesitan resucitar, pues tiempo habrá para morir.
¿Quién dijo nostalgia?
Al día siguiente, nos plantamos en la sala Razzmatazz dispuestos a continuar enturbiando el fin de semana a base de tonadillas alegres y soleadas. De la tormenta de Nick Cave pasamos a la llegada de los caballeros oscuros del grunge, Mark Lanegan y Greg Dulli, o lo que es lo mismo, los Gutter Twins. El tute que llevábamos en nuestro body hacía presagiar una lenta caída a los infiernos, pero salimos indemnes gracias a la poción mágica del ex-frontman de Afghan Whigs. Mientras nos castiga con reuniones de su antigua banda lejos de nuestra patria, nos tenemos que conformar con sus chous con Twilight Singers y ahora con su buen amigo, el siempre risueño Mark Lanegan. ¿Es posible haber visto más de media docena de veces a este tipo y no saber si habla o no? Tengo que echar mano de entrevistas en la tele para comprobar que el chavalito emite sonidos comunicativos. Y hasta le he visto sonreír, fenómeno paranormal.
El recital comenzó frío pero fue a más en cuanto Dulli dio rienda suelta a su vocación más soul. Lo lleva en la sangre. Lanegan la debe tener coagulada. Si bien fue adicto a la heroína, los problemas de Dulli fueron con la coca, y ambas vocaciones reflejan sus personalidades. Sin embargo, la mezcla –en escena, en la de sustancias no me meto- resulta atractiva y funciona. Atmósfera noir, ritmos actualizados, poesía urbana y callejera. Muerte, drogas, amores imposibles. Lo de siempre, sí, pero mola. Un placer para los sentidos de quienes fuimos y somos admiradores de aquellos grupos que pusieron banda sonora a nuestra tierna juventud. Greg Dulli como maestro de ceremonias ofició un concierto que despegó en la recta final, con unos bises rendidos al repertorio de Lanegan, incluido un popurrí en el que esbozaron unas estrofas del Shadow of the Season, de Screaming Trees. Lo dicho, el pasado sigue vivo, pero al menos estos muchachos no viven de rentas.
Esta madrugada he sido Juan López. A eso de las cinco de la mañana un zumbido ha crispado mis nervios. Se trataba de un mosquito del tamaño de un trolebús. Así he logrado verlo tras encender la luz, aplicar un par de rociadas de spray anti-insectos y escudriñar cada palmo de mi dormitorio. Un mosquito. En abril. Cacho cabrón. Por supuesto, como ocurre en las historietas del álter ego de la supermedianía creada por Jan, el mosquito me ha vencido, se ha escapado ufano y me ha dejado en vela y con mala baba. Y algún que otro picotazo, claro está. Pongamos que el mosquito se llamaba Cristiano. Pero ahí no acaba la cosa. Unas cuantas volteretas después en mi empeño por volver a conciliar el sueño me han sumido en un letargo de lo más inverosímil. Ahondando en mi identificación con Juan López, hincha del Parchelona, se me ha aparecido el partido de esta noche, el Barça-Manchester. En vez del Camp Nou, una especie de jardín de colegio. En vez de Samuel Eto’o, un servidor vestido de corto. Pero oigan, el resto igualico, igualico. Nada más empezar el encuentro, un jugador teñido de rubio que en nada se parece a mi, se interna por la banda y a duras penas logra batir a un lentísimo Van der Sar. El caso es que ese jugador peliteñido debía ser yo mismo, no me pregunten la razón. Acto seguido y tras una embarullada jugada en la banda en la que se ve involucrado el portero del United, el balón cae a mis pies –ya he adquirido mi formato reconocible y nunca más se sabe del tipo que marcó el primer tanto- y desde mi propia portería atisbo a ver que la contraria está desguarnecida, con lo que disparo. La trayectoria del balón atraviesa la vertical del imaginario poste derecho, tan sólo delimitado por unos abrigos amontonados en el césped. De pie, al ladito de donde pasa el balón pero metido en el campo, sir Alex Ferguson, cuya mirada atónita se cruza con la mía. Antes de que ellos puedan reaccionar, reclamo el gol porque sospecho que de haber habido un poste real, el balón se hubiera introducido en la portería por un cálculo fácil de trigonometría. El señor Ferguson vacila y trata de defender un supuesto balonazo frontal en el palo, pero no tiene más remedio que admitir la dura realidad. 2-0 y Arconada de portero (es un decir). Todo un señor el Ferguson, un caballero. La euforia se adueña de mi sueño y no sé si Cristiano Ronaldo acierta a marcar un golito, pero de nada sirve, porque yo, una vez más yo, me incorporo al ataque, controlo un balón en el área (balón de fútbol-sala, creo recordar) y en un rápido malabarismo cierro el marcador con un tercer gol. El despiporre. El jardín de colegio se convierte en “un clam de gent blaugrana” y mi sonrisa sólo se quiebra cuando oigo el berrido de mi puto móvil. Son las nueve de la mañana y alguien me llama. Me despierto de un sueño feliz. Esta noche será otra historia.
Os las creíais muy felices, ¿eh? Pues no, no voy a disertar acerca de mis amplios conocimientos en la técnica de la lluvia dorada. Lo que me ocupa ahora es algo un poco más pedestre. Pero sólo un poco. Hablo del agua, así en general. El agua. El agua. Y venga agua. Nos empapamos en estos días de agua. Chorreamos por todos los lados. Chapoteamos y nos transvasamos. Nos zambullimos en el Ebro y nadamos hasta el mar salado. Chachis la mar. La mar salada. La reina de los mares. En Madrid llueve y en Barcelona ni gota. Raúl se sale y Ronaldinho sale. Vaya que si sale. Espe luce paraguas y a Mariano no le escampa. Los pantanos rebosan y los peces beben, beben y vuelven a beber. Nos inundamos. Nos emborrachamos de agua.
Anda, mira, si luce el sol. Y una mierda. Graniza. Vaya tela. Cuánta pluviosidad de repente. Estamos on the rocks.
*Intento ilustrar estas bonitas palabras con una foto de unas katiuskas. Me hacía ilusión. Googleo un poco y compruebo que hay un montón de blogs con fotos de katiuskas. Qué original. ¿por qué gustan tanto las katiuskas a los bloggeros? Qué contrariedad, ya no me mola lo de las katiuskas. Me quedo con una normalita de lluvia y charco. La próxima será de lluvia dorada. Os lo juro. Será refrescante.
¿Cuánto tiempo se llevan estos dos espléndidos caballeretes? La friolera cifra de... ¡¡Un mes!! Qué cosas. *Nótese que el de la izquierda (es un decir) es el candidato republicano a la Casa Blanca.
Mr. John McCain: nacido el 29 de agosto de 1936 Don Silvio Berlusconi: nacido el 29 de septiembre de 1936
La próxima vez rebajaremos el nivel y hablaremos de cosas más frívolas, se lo prometo.
Tras la magnífica recopilación Lost Crowes de hace un par de años, los hermanitos Robinson vuelven al tinglado juntitos de la mano. El nuevo disco de Black Crowes, Warpaint, ya está en circulación y después de algunas escuchas queda claro que el espíritu de los de Atlanta sigue prendiendo que da gusto. ¿Su mejor colección de canciones desde el Amorica? Vaya usted a saber. ¿Más humo fumeta sin tanto poderío rock? No sé yo. Lo que sí está claro es que no pasarán por nuestro país y eso no mola.
Kathleen Turner vuelve a la palestra a raíz de la demanda interpuesta por el inefable Nicolas Cage debido a la publicación en la autobiografía de la actriz de un par de datos un tanto molestos: que fue arrestado por conducir borracho y que una vez robó un perrito. ¡Vaya cosa! Cómo está de cutre la escandalera hollywoodiense.
Bueno, el caso es que la aparición de la Turner no ha hecho más que turbar mi mente, llenita de recuerdos imborrables de los comienzos de la actriz en el celuloide. No sé para ustedes, pero para mi fue un shock enfrentarme a las imágenes de esta auténtica sex symbol calentando al pobre de William Hurt en la fantástica Body Heat de Lawrence Kasdan. A mi tierna edad de... cinco, seis, siete añitos? Ay. El hombre con dos cerebros, El honor de los Prizzi, Tras el corazón verde, La joya del Nilo... Cuántos momentos de infancia feliz. Pero nada como ver a la tipa agarrándole el manubrio al exhausto Hurt. Y, años después, aquí estamos, ella y yo, ella cada día más descomunal y yo, desconsolado, la verdad. ¿Cómo es posible que la naturaleza maltrate criaturas antaño bellas y sensuales? ¿qué hemos hecho sus admiradores para merecer esto? Maldición.
Para los más sentimentales, os dedico la mejor secuencia de Calor en el cuerpo. Un arrebato calenturiento de frenesí lujurioso y sudoríparo, repleto de pasión violenta y respiración entrecortada, donde dos cuerpos se buscan y al final se encuentran bajo el ritmo in crescendo de John Barry, donde el instinto animal del mucho machote frena un instante tanto empellón para depositar sobre el frío suelo y ante cámara las bragas de su femme fatale, donde la coreografía de un film noir desborda... Bueno, que eso, que lo disfruten que me pongo tremendo.
Recordamos que este humilde blog nació con Kristie Alley como musa, confiando en su desinfle, en su recuperación, en su salud mental, en algo. Parecía que nuestra oronda amiga iba por buen camino pero, cachis la mar, cayó en picado hasta recuperar su desquiciada way of life y su figura de mujerona. Ahora bien, sentido del humor nunca le ha faltado y ahí está Fat Actress.
No pude evitar conmoverme cuando ayer de madrugada terminé de leer la biografía de Cary Grant que Marc Eliot publicó el año pasado. Una biografía escandalosa, ciertamente, pero muy humana y hasta cierto punto distanciada. Sin embargo, tras más de 400 páginas y 82 años de vida intensa, al final siempre nos queda el hombre, el anciano en su lecho de muerte, y eso siempre emociona. Más cuando el personaje es Cary Grant y, a pesar de la vocación desmitificadora del libro, acabas aclarando sus sombras y encariñándote con sus muchas luces.
El lector se encuentra con un hombre lleno de traumas e inseguridades, aunque con un magnetismo a prueba de Freud. Su relación con su madre y su país natal, su homosexualidad, sus apasionadas relaciones con Randolph Scott y con Howard Hughes, su amor platónico con mil y una estrellita y dama de la época, sus vínculos con el FBI y J. Edgar Hoover, sus broncas con Leo McCarey y su afinidad con Hitchcock, su devoción por Chaplin y la defensa de las libertades individuales llevada a cabo en pleno macartismo, sus actrices, sus juergas y sus chifladuras con el vestuario, sus coqueteos con el LSD, su pavor a la muerte. Y el cine, siempre el cine.
Alexis Smith: El mejor actor de cine de la historia. Hay una expresión, “enamorar a la cámara”, y dudo que nadie enamorara a la cámara como él.
Greg Dulli siempre ha rodeado sus proyectos de una imagen muy cuidada. Es su forma de entender el mundo. Fue el líder de Afghan Whigs y luego aplicó su clase a Twilight Singers. Ahora llega junto a Mark Lanegan bajo el nombre de Gutter Twins. Menudos son. Esta es una muestra de su arte en fotos y portadas.
El domingo pasado, el diario El País publicó un curioso reportaje titulado “El negocio de la infidelidad”. Reflejaba la proliferación de empresas especializadas en dar cobertura a la mentira conyugal, como recurso desesperado de la parte infiel y como estratagema que, a pesar de todo, no logra sortear el ojo avizor del detective de turno. Uno que está puesto por imposiciones del currelo en el mundo de los love hotels no puede sino flipar ante tamaña sofisticación de la mentira, pues más allá de la existencia de estos singulares centros de amor clandestino nace un negocio capaz de cubrir una demanda tan antigua como el mundo. Compañías virtuales que ponen a disposición del corneador/a todo un tinglado –a veces alegal, en el caso de escaqueos societarios o de cualquier otra índole- de patrañas para no pisar en falso.
Especialmente recomendado para despistados, olvidadizos, cobardicas de rubor fácil e idiotas en general. O para campeones del engaño que necesitan de profesionales a la hora de organizar su agenda en condiciones e ir dejando tras de sí cortinas de humo a prueba de carmín sospechoso. De chupetones y marcas sexuales no hablan. Ay, me sé más de uno que de buena gana hubiera contratado estos servicios a fin de terminar de diseñar su doble vida. Ayuda inestimable del folleteo sistemático. Hoteles fantasma, seminarios inventados, merchandising de pega, ecos telefónicos, hasta souvenirs de coña. Los tiempos cambian que es una barbaridad.
Al parecer ya están en marcha varios proyectos de Clint Eastwood. Uno de ellos lleva por título Gran Torino y, según rumores de Hollywood, puede representar la vuelta al cine del Harry Callahan, el arisco pistolero de San Francisco cuya saga fue inmortalizada de la mano de Don Siegel. Un Ford Gran Torino del 72 se verá las caras con el jubileta Callahan, un tipo duro con todas las de la ley. Bueno, y sin ley. Vuelve Harry, aunque Clint siempre está ahí, al pie del cañón, esta vez el de su peaso pistolón.
Hace unos días tuve una experiencia reveladora. Siempre he estado convencido de los poderes superiores de la música, de su capacidad de transformación emocional más allá de lo explicable. Sin embargo, nunca lo había comprobado con tanta eficacia más allá de mis propias carnes y mi entorno. Por eso, cuando descubrí ese pequeño o gran milagro revelándose en el cerebro de un renacuajo humanoide de no más de un metro de estatura, quedé estupefacto. Porque no hay necesidad de ahondar en los detalles, decir que estaba en una casa rodeado de niños, bebés, animales, y alguna que otra persona. Uno de esos seres diminutos atravesaba una fase de absoluto descontrol hiperactivo, una fase que igual llevaba en marcha horas, días o años. El enano ni siquiera sabe hablar todavía y apenas balbucea sonidos extraños imposibles de descifrar. Él señala cosas con cara de estar todo clarísimo y tú te piensas que te está pidiendo una cerveza. En fin, mientras el niño correteaba de aquí para allá sin orden ni concierto, decidí abstraerme del mareo y saqué mi reproductor de mp3. Encenderse las luces del aparato, localizarlas al otro lado de la habitación con su radar ultrasensitivo y abalanzarse sobre él para juguetear fue todo uno. Hasta ahí, lógico. Cosas de niños. Pero cuando mi amiguito empezaba a flipar con el sistema táctil del chisme y yo empezaba a temer por la integridad de alguno de los dos, pues mi nivel de paciencia caía en picado, le coloqué los auriculares en sus miniorejas y pulsé play al azar. Ipso facto, la criatura cesó sus hostilidades y adoptó una postura hierática no desarmada hasta el final de Hutterite Mile, la primera canción del Folklore, uno de los discos del grupo de country-rock-oscurete 16 Horsepower. Más de cuatro minutos de melodramática balada western, a golpe de banjo gótico y atravesada por la voz angustiada de Dave Eugene Edwards. Precioso. Una alegre cancioncilla que ni Teresa Rabal. Y el gamberrín paralizado. Como un androide en fase de recarga.
Sentí inocular en él la semilla del diablo. Noté cómo se le agarrotaban sus débiles músculos para ser rellenados con espesa savia mefistofélica. Vi en su mirada perturbada la pérdida de la inocencia, vi unos ojos inyectados en oscura premonición. El viaje cesó con el fin del lamento de los de Colorado, y el niño reaccionó ante el abrupto silencio quitándose los cascos y reanudando su frenética actividad de pequeño chalado. Pero la obra ya estaba hecha. El mal estaba en él y yo lo sabía. De vez en cuando me miraba de soslayo para ver si yo estaba dispuesto a proporcionarle una dosis más, ya fuera de death-metal o de electro-punk, pero yo ya no me atreví.
Por cierto, a su padre, que andaba por ahí, no pareció hacerle ni puta gracia mi extraordinaria revelación. Todo sea por el caos de las nuevas generaciones.
Hay para elegir, no me dirán que no. Si ustedes desconfían de sus representantes políticos, que hay gente muy rara que desconfía, no se preocupen porque siempre les quedará el consuelo de depositar sus más íntimas esperanzas informativas en profesionales como los que arriba aparecen retratados. Tan guapos ellos. Y ellas... tan lozanas. Y que conste que aquí les mostramos una mínima parte, aunque ilustre representación, de la independencia* e imparcialidad con la que periodistas con trapío azotan el poder y la injusticia. Ellos son nuestros héroes del día, qué digo, de la Semana Santa. Mírenles, sólo les falta el capirote cofrade.
*Cuando antes hablaba de independencia, que no se me malinterprete. Lo decimos sin suspicacias, que luego María Antonia Iglesias se nos enfada (la otra noche, en un programa de máximo rigor, la vimos ponerse muy seriota con ese tema asegurando que de independencia naranjas de la china, que todo aquel que se autoproclama independiente es más derechón que Blas Piñar. Muerde, María Antonia, muerde!!!).
¡Quiero una vulva bonita! Esa parece ser una obsesión cada vez más arraigada en las ya de por sí atrofiadas mentes de muchas jovencitas estadounidenses. Hace unos días, el programa La Noche Temática de La 2 emitió un conjunto de documentales bajo el título Mujer sin complejos, en el que además de analizar la repercusión y las circunstancias que rodearon el descubrimiento de la píldora anticonceptiva, así como contar la historia de las Flappers, un grupo de mujeres pioneras a principios del siglo XX, reflejaba la empanada mental que supone para muchas personas exponerse ante la influencia de la dictadura de la imagen. Más allá de constatar el poder manipulador de herramientas como Photoshop, un bisturí en manos de agencias publicitarias y de moda, el tramo más demoledor del documental tenía que ver con el seguimiento de una pobre tarada cuya mayor preocupación consistía en conseguir tener una vulva lo más parecida posible a las de aquellas modelazas que aparecen en las revistas. Es decir, ausencia casi total de labios a la vista, de dudoso estímulo sexual, por otra parte. La menor se hacía acompañar de su madre, otra tarada pero con más añitos de estulticia a sus espaldas, mientras este fresco monstruoso se completaba con la presencia escalofriante de un cirujano negrito y sonriente. El personaje en cuestión narraba sin rubor su excelente posición social (quedaba la mar de mono con su gorrito de marca) y no hacía ascos al permitir introducir una cámara en su consulta y en su quirófano. Los comentarios que este auténtico bastardo profería a la niñata durante el reconocimiento ruborizan al más pintado. Lindezas alusivas al grosor de sus labios superiores, al grotesco aspecto de sus genitales o a su falta de sensualidad eran lanzadas al tiempo que las pupilas del tipejo se convertían en parpadeantes símbolos del dólar. Cada tajo y puntada ascendía a una cifra la mar de jugosa y la paciente, ante tal catarata de improperios y guarradas, no duda en aceptar de mil amores someterse a una operación peligrosa y, a todas luces, escandalosa. Cuando medio mundo se rasga las vestiduras con prácticas tercermundistas como la ablación, el país de las libertades fomenta una intervención vejatoria y, sobre todo, interesada y adulterada porque la imagen a la que estas oligofrénicas aspiran, muchas veces es totalmente falsa, creada ni siquiera en una sala de operaciones sino delante de un ordenador Apple. Tras el reconocimiento, el doctor miamero dictamina: eres una buena candidata.
Una de alegatos. Por mal que les pese a algunos, ver Sé lo que hicisteis, el programa de La Sexta, resulta revelador. Aquí publicamos un par de gemas del costumbrismo catódico llevado al estupor por la inefable AR, musa de la España moderna y chopisticada. No es mi intención dar bola a los chavales exprimidores del zapping, pero gracias a ellos cae en YouTube todo tipo de documentos escalofriantes. El primero pone los pelánganos del revés. El segundo, en el que se gusta, hace que tus pupilas se dilaten y tus orejillas se expandan. Atónitos nos deja esta muestra de sinceridad espontánea que, aunque pueda interpretarse como un desliz, parte de un comentario desafortunado, unas palabras fuera de contexto, mala baba del receptor, etecé, no deja de ser el reflejo de muchas cosas.
Rece, rece, don Gaspar. Que conste que no es nuestra intención cachondearnos de tan ingrata situación. También queremos aliviar a los camaradas internautas y desmentir, vista la instantánea, que el señor Llamazares se haya convertido al catolicismo, aunque desde aquí le recomendamos un retiro espiritual aprovechando su más que holgada agenda en su nueva andadura civil. Qué penita, señores, qué penita. ¿Serán capaces de reconducir algo entre tanto guirigay? ¿Superarán lastres históricos y modernizaran su discurso? ¿Asumirán sus contradicciones y se librarán de las malas compañías? ¿Cambiarán la llorera por la ilusión? ¿Se adelantarán a sus goliats para beneficiarse de otros atributos como la imaginación, la flexibilidad y la libertad de acción? ¿Se sacudirán la caspa (porque no sólo cunde entre la derecha)? ¿Se alegrarán de algo alguna vez y dejarán de regañar a todo quisque? ¿Sacarán a Fidel del túnel del tiempo? ¿Pondrán al frente de la agrupación a algún pibón? Tantas preguntas sin respuesta... Por lo menos, les queda cierta dignidad. La de la eterna derrota.
Ya no es cuestión de poner en solfa la credibilidad de los mal llamados debates. Lo más indigesto es soportar los post-debates. En los programas y espacios correspondientes, cada hinchada sigue a lo suyo desde su trinchera. No me hace falta haber visto ninguno de los dos enfrentamientos, pues ya sé quién ha ganado antes de hacer zapping. A un lado, vocean los hooligans del de la barba sin hacer concesiones. Al otro, los del de las cejas, al mismo ritmo, sin mirar atrás, ni a un lado ni al otro. Cada bando, exhibe sin pudor sus falacias y medias verdades sin reconocer un ápice las mínimas certezas en positivo del contrario. Miguel Ángel Rodríguez, Ernesto Ekaizer, PJ Calvorota, Margarita Sáenz Díaz, Melchor Miralles... Editores, directores adjuntos, periodistas, analistas y profesionales reputadísimos, cada cual con su papel aprendido y mascado para regurgitarlo ante las cámaras y micrófonos. Una vez más, el cuarto poder en la palestra. No deberían prohibir los debates entre uno y otro, por muy rídiculos que éstos sean (los candidatos y los debates en sí mismos), sino las manifestaciones en forma de post-debates, todo un ejercicio de descomunal demagogia y parcialidad descarada. Con un poco de suerte, los ciudadanos podríamos pensar por nosotros mismos, que falta nos hace.